El Gran Hermano es un drone protestante.

enero 23, 2012

Hoy he estado a punto de limitarme a traducir un artículo que he leído en The Economist. Pero como es un poco denso, os lo cuento a mi manera y le añado una pequeña reflexión al final. Si preferís, podéis leerlo directamente en la fuente o/y ver el vídeo.

El sueño de todo reportero en zona de conflicto es ser invisible y poder transmitir su material instantáneamente. Con esos antibalas en los que pone “TV” con cinta americana y teleobjetivos Canon blancos, no acaban de conseguirlo. En realidad, el camuflaje perfecto hoy es trabajar con un iPhone. Muchos lo están haciendo ya, y ya hemos hablado de ello desde el punto de vista estético.

El caso es que ya sabemos que la mayor parte de la información que se filtra desde lugares como Siria, donde el control a los periodistas es extremo, procede de gente corriente que graba con su smartphone y lo emite a canales en vivo online, como Ustream, Livestream, Bambuser, o incluso el nuevo canal de CNN, iReport.

Finalmente se ha hecho realidad el sueño de todo reportero intrépido: poder emitir en vivo e internacional, desde el corazón de la noticia. Otra cosa es que ese sueño viene inevitablemente emparejado con la paulatina degradación de la profesión misma, pero esa es otra cuestión.

No sólo cualquier manifestante puede emitir como si fuera la BBC, sino que ya hay quien está pensando un pasito más allá.

La ONG Witness, en colaboración con una organización que se llama The Guardian Project están desarrollando una app llamada Obscura Cam, que facilitan la emisión de material video en vivo, al tiempo que, de manera optativa y muy facilmente, podemos hacer que todas o algunas de las caras que aparecen en el video, queden pixeladas. De esta manera se salvaguarda la integridad de los manifestantes o combatientes. Esta misma gente ha pensado en todo: el software Informa Cam hace que el archivo que se envía online no tenga ningún metadato; ninguna información, de manera que los malos no pueden localizar a quien lo ha hecho. Pero también se genera un archivo con datos como geolocalización, dirección de brújula y hora, para cuando se pueda enviar a un receptor de confianza (un canal de TV extranjero). Este archivo no se puede alterar sin dejar rastro, lo que sirve para asegurar la fiablididad de la información. En última instancia, puede constituir una prueba con valor legar el un juicio.

También sabemos que es frecuente que la policía o militares utilicen los vídeos que hay en Youtube para identificar a los enemigos del régimen, sea este el que sea. Si, también hay un software que coteja las caras de los videos con fotos de perfil de Facebook, con un margen de acierto del 30%. Se llama PittPatt, acaba de ser adquirido por Google y da miedito.

Ciencia ficción? No. Lo normal para un smartphone.

Al mismo tiempo, ya están al alcance de cualquiera los mini drones. Pequeños aparatos voladores muy estables, que se manejan con un iphone, viendo en su pantalla lo que la cámara que cuelga del drone está grabando. En esta manifestación en Varsovia, por ejemplo, lo utilizaron los manifestantes para obtener información desde el aire de de los movimientos de la policía.

Así que las cosas han dado un giro completamente inesperado. El Gran Hermano no es un organismo central que nos vigila desde un despacho tenebroso. El Gran Hermano somos todos. Es inquietante pensar que al final vamos a ser buenos, porque vamos a estar tan vigilados los unos por los otros, que no nos va a quedar más remedio. Un poco como esa costumbre protestante de no poner visillos en las ventanas, que tanto nos asombra a los latinos cuando vamos a Amsterdam. La idea que subyace es que si no tienes nada que ocultar, no tienes por qué tapar la ventana. O dicho de otro modo: si todos te vigilan, ya te ocuparás tú de no tener nada que ocultar.

Editando la herencia de nuestros nietos.

enero 16, 2012

Tengo en una caja guardadas hojas sueltas de periódicos en los que hay fotos mías publicadas, o en las que se me menciona, aunque sea en un pequeño párrafo, abajo a la izquierda. Tengo cajas con copias de pruebas y de porfolio. Copias de fotos que nunca más voy a enseñar porque me producen sonrojo. La primera vez que publiqué un reportaje completo en una revista conocida, compré 10 copias, por si acaso. Sigo con por lo menos 8 de esas copias ocupando espacio, pero no me atrevo a deshacerme de todo eso. Tengo un VHS con una entrevista que me dio vergüenza incluso cuando me la hicieron. La he visto sólo una vez. Tengo un diploma y un par de recuerdos de premios. Y esto no es nada. Voy a ir más atrás: tengo alguna carpeta con dibujos a carboncillo de cuando estudiaba bellas artes. Papeles de más de 5 metros enrollados, con ejercicios de dibujo. Cuadros al óleo de casi 3 metros, también enrollados. Y los bastidores, por si un día me da por volver a montarlos. Tengo una buena cantidad de cuadros disparatados de cuando era estudiante y cambiaba radicalmente de estilo cada 2 meses. Tengo planchas de grabado en metal y linóleo. Pruebas de serigrafías y copias de litorafías. Tengo decenas de cuadernos de notas y diarios de viajes. Moleskine y lo que no es Moleskine. Se puede decir que tengo un mercadillo de porquerías mezcladas con cosas buenas que he guardado durante 20 años, por si un día tenía sentido desempolvarlo. Un pensamiento narcisista y vanidoso me ha empujado todo este tiempo a no tirar esas cosas, por si un día, con 80 años, me hacen una retrospectiva analítica y así tengo con qué llenar las paredes. La verdad, no parece que nada de eso vaya a ocurrir. No me imagino una retrospectiva en la que al exponer el trabajo oculto de un autor, lo único que se consigue es demostrar que tuvo curiosidad por tantas cosas que le costaba mucho creerse demasiado ninguna de ellas.

A veces pienso que estoy dejándole a mis nietos en potencia la maldición de tener que deshacerse de algo con lo que no sabrán qué hacer, pero que no se atreverán a tirar por puro y simple respeto al abuelo. A mí ya me ha pasado. Tengo cuadros de mi bisabuela y de mi abuela, cuyo valor artístico es seguramente discutible, pero que no me atrevo a tirar, porque en realidad me gustan un poco. Han estado ahí toda la vida y creo que no tengo la objetividad necesaria para juzgarlos como debe ser. En mi buhardilla también hay obra de mi madre, que es artista. Y eso sí que es más difícil. Atreveros vosotros a tirar a la basura la creación de vuestra propia madre. Sería como matar a un hermano. Un hermano callado y polvoriento, pero un hermano, al fin y al cabo.

Pero de vez en cuando, cado cuatro o cinco años, me armo de valor y tiro cosas. Sobre todo cosas mías. Recuerdo haber tirado en un contenedor una quincena de cuadros que previamente rasgué, para que nadie los pudiera recuperar. He tirado dibujos, copias de fotos. He tirado de todo, pero voy muy lento.

Es como si al mismo tiempo que voy viviendo, fuera editando mi obra, pero de forma definitiva. Si llego a muy viejo, espero haber sido capaz de deshacerme de todo lo que no fuera un poco mejor que bueno y así dejarle menos jaleos a mis descendientes. Con los discos duros llenos de fotos y vídeos, no sé qué va a pasar. Eso sí que me molesta un poco, porque es posible que sea la simple obsolescencia tecnológica la que se ocupe de cercenar mi obra y hacer que se disuelva como lágrimas en la lluvia. Por eso creo que hay que imprimir copias y hacer libros. Porque de lo digital, desengañaros, no va a quedar nada. La tecnología muere de vieja. Intentad poner en marcha un proyector de Super 8 de hace 70 años al que no le pasa nada, pero que hace décadas que nadie ha puesto en marcha. Fallará en lo más tonto: la bombilla o el transformador, pero algo fallará.

Todo esto lo cuento porque la semana pasada Txema Salvans, que está en medio de un ataque de autoedición definitiva consigo mismo, y por lo tanto deshaciéndose de varias cosas, compartía conmigo la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo es necesario guardar recortes, revistas, entrevistas, marcos, fotos de los inicios , etc.? Os recomiendo que vayáis a mirar en los contenedores de cerca de su casa, porque es posible que encontréis copias suyas vintage.

Así que para contestar a su pregunta, he tenido que meditar acerca de qué es lo que me pasa a mí con esas cosas. Y aquí va la respuesta.

Hace pocas semanas una tía mía me obsequió con una maleta de mis abuelos paternos en los que había miles de negativos desde los años 40 hasta los 80, en los que sale mi padre y mis tíos de recién nacidos. De adolescentes, de mayores. Salgo yo con un mes de vida. Salem mis abuelos de viaje con sombrero y abrigos largos. Hay copias en papel y cajitas con negativos de todos los tamaños. Resulta que mi abuelo, ingeniero, era muy aficionado a la fotografía. De ahí la Rollei que llegó a mis manos hace años. Pues bien, esa maleta de cartón con las esquinas remachadas en hierro, llena de pegatinas de distintos países, es hoy para mí un auténtico tesoro, que estoy deseando empezar a investigar.

Quizás no te hagan nunca una retrospectiva, pero si alguien se ocupa de que parte de tu trabajo no se desperdigue, puede que caiga en manos de alguien que lo aprecie y sepa qué hacer con ello. Así que creo que la respuesta a la pregunta de Txema es que todas esas cosas hay que podarlas y quitar aquello que es obviamente horrible, pero teniendo manga ancha y paciencia, porque no sabes a quién puedes hacer feliz dentro de 50 años.

Perdón, una preguntita…

enero 9, 2012

Pero antes hay que aclarar una cosa: ¿se puede saber quién es el público?.

¿Los que leen las revistas?, ¿los que navegan en internet?, los acelerados de las grandes capitales,  los cuerdos de las ciudades de provincias, o los sabios que viven en el campo? ¿Son los jueces de los concursos?. ¿Los editores?. ¿Son los demás fotógrafos de cada una de las tribus?. ¿O solamente somos nosotros mismos?

Que alguien me lo diga, porque yo no lo sé. Ya hace siglos lo debatía con una amiga que hoy es artista y profesora de secundaria. Yo decía que la creación artística se hacía para el público, y ella defendía que el artista trabaja para sí mismo.

El asunto es que me miro alrededor, por encima, por debajo y hasta por dentro y veo que la presencia de un público/juez, sea este el que cada uno estime conveniente, influye, y mucho, sobre lo que se hace. En un principio, decidimos quién va a ser nuestro juez y tratamos de complacerle. Pero lo malo es que ese juez es muy conservador. Una vez que le has convencido, una vez que te ha aceptado como eres, más te vale no sorprenderle, porque invariablemente te condenará a la caída en desgracia.

Sin ir más lejos, hoy no quiero hablar sólo de fotografía, pero aún así, no me atrevo a no mencionarla siquiera. Así que, que conste en acta, queda mencionada la fotografía como el motor que ha originado este post.

Y dicho esto, me gustaría preguntar al respetable algo que bien podría haber estado en el guión de “Amanece que no es poco”, obra cumbre del surrealismo rural español.

¿El público es imprescindible, o sólo es una circunstancia que se puede ignorar?

Los recortes de los Mayas.

enero 2, 2012

Este año que empieza, a menos que los Mayas tuvieran razón, tendrá 366 días. Además de prometer penurias, estrecheces, catástrofes y mal rollo, tendremos que aguantar un día más de lo normal. No querías crisis? pues toma bisiesto.

Bien, pues de todos esos días, tendremos que dedicar algunos a trabajar, nos guste o no. Como ya no va a haber tantos puentes, parece que seremos más productivos. Haremos más fotos, completaremos más proyectos, publicaremos más libros, haremos más exposiciones y no pararemos de realizar encargos, si Dios quiere.

¿Eso creéis? Pues no.

Nos vamos a pasar por lo menos un 25% del tiempo preparando documentos que acrediten nuestra capacidad, tratamientos que expliquen al más mínimo detalle qué es exactamente lo que queremos hacer. Haremos documentos con propuestas artísticas, presentaciones, guiones de presentaciones, guías de los guiones de las presentaciones. Completaremos presupuestos desglosados en los que quedarán reflejadas partidas que desconocemos por completo. A pesar de que la mitad de lo que hacemos radica en lo imprevisto e improvisado, no nos quedará más remedio que simular que realmente sabemos qué es lo que vamos a hacer en cada momento del futuro correspondiente. Como de trabajo no vamos a ir sobrados, tendremos que ir como los ñus al abrevadero de los premios y becas a ver si cae algo. Yo calculo que los que ganan los premios y las becas, que a menudo repiten, en realidad ganan porque son expertos en rellenar formularios y en resumir en 300 palabras qué es lo que pretenden hacer. Y no lo digo en broma. Sé de buena tinta que hay fotógrafos muy reputados que dan talleres sobre cómo ganar becas. ¿No os lo creéis? Yo tampoco, al principio.

Si ya tenéis vuestro libro publicado, entonces os tocará mandarlo a las 2 docenas de gurús internacionales que los añadirán en sus listas que luego se copiarán y pegarán por todo lo ancho de la blogalaxia. Y ahí estamos de nuevo: listas, recopilación de direcciones de correo, actividad bloguera persistente y finalmente cola en Correos. Planazo.

Y si la cosa va de exposiciones, habrá que escribir “artist statements”, visitar galeristas, montar un porfolio magnífico, concertar citas ultramarinas a través de amigos de amigos, dejar un recuerdito, que tengas el día simpático y rezar dos Te Deum.

¿Estáis en el mundo de las revistas? Pues casi lo mismo. Si estáis empezando hay que picar mucha piedra para destacar. Si sois ya talluditos os tocará demostrar que tenéis con qué competir con los jóvenes hipsters, adictos a la adrenalina, que cobran la mitad que vosotros. En cualquier caso, cuesta arriba y con frenos.

Para los fotógrafos de publi o moda, quizás toque volver a patear agencias y productoras. Quizás toque renovar el porfolio de una bendita vez. Otra vez a imprimir, a llamar por teléfono y a seducir al personal. Sólo una cosa: no vale ponerse la ropa de hace 10 años: ni nos queda bien, ni parecemos “más desenfadados”.

Para los héroes de las bodas, ahí si que las cosas han cambiado. Ahora tienen que dar servicios editoriales, prácticamente. De nuevo, las fotos son mera materia prima con la que hacer libros y DVDs.

Y para los que juegan en más de una liguilla, el orden de los factores tampoco les va a alterar el producto. Resultado: más y más curro.

La conclusión es que si echamos cuentas, eso de ser fotógrafo se parece a lo que creíamos que era ser fotógrafo como un huevo a una castaña. Sigue siendo mejor que un trabajo de verdad, pero cada vez se parece más a un trabajo de verdad.

Pero no pasa nada, con un poco de suerte, hacia el próximo Diciembre un meteorito, o un megatsunami, o una pandemia mortal, o todo a la vez, se encargarán de que no tengamos que volver a hacer nada de esto.

Seguro que ya lo habéis visto, pero por si acaso, os dejo este gráfico muy muy acertado que circuló por Facebook hace unas semanas.

Feliz Fin del Mundo!

26150

diciembre 26, 2011

Una vez, en un evento de esos en los que te puedes cruzar con auténticas leyendas de la fotografía, escuché con el rabillo de la oreja lo siguiente: “¿pies de foto? bueno yo antes metía mis fotos de Cuba en una caja y con un rotulador negro escribía “Cuba” en la tapa de la caja. Ese era mi maldito pie de foto.”

Seguramente ya antes algunos escribían detallados pies de fotos, pero es que ahora, con los benditos metadatos, el trabajo de archivero bibiliotecónomo se ha convertido en una obsesión. Cuanto más fácil te lo ponen los programas, más información hay que adjuntar a cada imagen. País, ciudad, pueblo, ubicación específica, personaje, organización, descripción del evento, palabras clave, código de color, estrellas de clasificación… El tiempo dedicado a estos menesteres puede resultar paralizante.

Sobre todo porque hoy es muy común hacer 400 fotos en un día de trabajo. Ya imagino que habrá quien siga haciendo 36, o quien haga 2.500. Pero después de haber trabajado con varios fotógrafos en  proyectos de grupo, he visto que 250 fotos al día es una cifra modesta y frecuente.

Con esas cifras, cuando llega la hora de editar, la tarea se convierte en realmente complicada. Cada fotógrafo hace su edición, pero alguien tiene que hacer una edición general mirándolo todo, por si algo se ha quedado en el cajón, no?

Además ahora hacemos vídeos, que hay que verlos en tiempo real. 30, 40, 80 segundos… una buena sesión de trocitos de videos.

Se me está ocurriendo montar un hotel rural especializado en temporadas de edición. “Tiene 30.000 fotos que mirar y catalogar? Venga a nuestro hotel. Tenemos pantallas de 30 pulgadas, no tenemos teléfono y los pájaros cantan sus canciones favoritas. El mejor ambiente para editar con la mente clara.”

La pregunta del día: ¿nos estamos pasando con la cantidad de fotos que disparamos? ¿mejora en algo el resultado final, o solamente lo hace más difícil de editar?

El precio del acceso.

diciembre 19, 2011

Acabo de pasar unos días en un país del norte haciendo fotos a gente con problemas. Metido en sus problemas hasta el fondo. Viendo sus miserias, sus dificultades. Viendo su intimidad más personal y acercando mi objetivo hasta una distancia a la que yo no dejo que se acerque más que mi familia y mis amigos íntimos.

Y ha sido bastante duro.

Lo llamamos “acceso”. La capacidad que tenemos los fotógrafos de ganarnos la confianza de la gente. La capacidad de seducir a alguien hasta que nos enseña la pelusa de detrás de la oreja. Es una cualidad que despierta admiración entre quienes no son capaces de comunicarse bien con desconocidos y que normalmente marca la diferencia entre un buen trabajo y uno superficial o mediocre.

Todos los fotógrafos se han enfrentado al principio de sus trayectorias con la enorme barrera psicológica que supone superar el miedo a ponerse delante de un desconocido, echarse la cámara al ojo y disparar. Como a nosotros no nos dan ni carné ni diploma de fotógrafo, sabemos que lo somos cuando hemos superado la prueba de fuego del acceso. El día que nos autorizamos a nosotros mismos a fotografiar de cerca a desconocidos, el día que asumimos que es algo que podemos hacer así, por que nosotros lo valemos, ese día es cuando realmente nos hacemos fotógrafos.

Ese mismo día empezamos a acumular mal karma. Porque para meterse en la vida de la gente hay que repartir sonrisas de vendedor de enciclopedias a diestro y siniestro. Hay que ser especialista en caerle bien a la gente en cuestión de minutos. Para ganarse la confianza de la gente hay que perder la inocencia y la vergüenza. ¿Nos convierte eso es sinvergüenzas? A veces sí. Porque a veces de verdad empatizamos con nuestros sujetos, pero no siempre es así. A veces empatizamos, pero exageramos nuestra simpatía para conseguir más acceso, para meter más las narices donde no nos han llamado. Hace no mucho, uno de mis sujetos me dio a comer pepinillos en vinagre con miel. No sólo alabé la disparatada combinación gastronómica, sino que repetí.

Hasta ahí llega mi profesionalidad. Si me lo propongo, soy capaz de eso y de mucho más.

Pero últimamente estoy un poco quemado. Estoy empezando a sentir el peso de lo que supone años siendo profesionalmente encantador para conseguir mi objetivo.

Hacer según que fotos no es gratis. Te dejas trocitos de alma por ahí repartidos. Compras tu éxito con parte de ti, y cuando ya llevas unos añitos sufriendo el desgaste que supone imponer con mañas de trilero tu presencia en la vida de los demás, empiezas a pensar en cuánto te queda, o en cómo se recupera lo gastado.

¿Queréis ver a qué me refiero? Mirad esto, meditadlo, y calculad lo que debe Eugene Richards.

Percebeiros: hacer un temazo con un temita.

diciembre 12, 2011

Nuestro mundo, el mundo de la fotografía es como un hormiguero. Millones de individuos en perpetuo movimiento. Planeando muchos y ejecutando muchos menos proyectos.Tratando de innovar, tratando de hacer algo que no hayan hecho otros, o por lo menos de hacerlo distinto o incluso mejor. En estos años de zozobra y confusión estamos todos dando palos de ciego.

¿Todos? No todos. En medio de esta maraña de intentos y aproximaciones, alguien, de vez en cuando, da un toquecito con el bastón blanco, como si se tratara de una varita mágica. Quizás no sea el Santo Grial, pero es un pasito más. Y los demás, a tomar nota.

Ese es el caso de un magnífico pequeño documental producida por En Pie de Guerra, Once Upon a Time, El Viento Producciones, Contramedia y Audiómatas. ¿Cuantas productoras? Un puñado, sí, pero no os engañéis. Son menos y más pequeños de lo que podría parecer. Lo que tiene mucho mérito, porque han conseguido algo realmente difícil: que me interese y me conmueva por un tema que figura entre los más trillados de la historia documental española: los percebeiros.
Mientras muchos se lían con sesudos ensayos fotográficos acerca de la inmortalidad del cangrejo, el sexo de los ángeles y si Dios es Uno o Trino, los autores de Percebeiros han cogido un temita y lo han convertido en un temazo. Esta pieza, desde el punto de vista fotográfico es espectacular. Sergio Caro, el cámara principal, ha rodado pero bien, y en todos los sentidos. Cuando lo veáis, después de que se os quite la cara de sorpresa, comprenderís por qué. El guión de David Beriain y Fernando Ureña es delicado, la entrevista emotiva sin ser llorona y el montaje tiene un ritmo adecuadamente entecortado a intermitencias. La música también es original y bien medida. Hasta los grafismos y el diseño son buenos.

Y si no, comparadlo con esta caspa y con este otro, aparentemente parecido, pero frío y viejuno como son los documentales de David Attenborough.
Hoy, que parece que para hacer un multimedia o un documental, basta con llevarse la 5D a la cara, vemos cómo los resultados de una producción modesta se desmarcan de la media cuando quien ejecuta el plan echa toda la carne en el asador.
Percebeiros ha sido seleccionada para los Goya. Ignoro si entre mis lectores hay algún académico con derecho a voto. Pero si lo hay, le animo a que vote por Percebeiros. Así de claro lo digo.
Además sus autores tienen la generosidad de regalarnos un making of my interesante, y por si fuera poco, nos dan toda la información del material utilizado. Así, por la cara. A parte del mini helicóptero, nada que no esté al alcance de muchos. Incluso eso, está a tiro de teléfono.

Es verdad que Percebeiros en un documental y no un ensayo fotográfico. Es verdad que dada la cantidad de gente implicada, no sé si se puede llamar un trabajo de autor. Pero a pesar de eso, me llena de orgullo y satisfacción, en estas fechas casi señaladas, llamar la atención sobre este buen trabajo, enteramente producto nacional, y del que he aprendido entre cuatro y siete cosas.

La radiografía: oficio de grandes fotógrafos.

diciembre 5, 2011

Esta semana hemos superado las 100.000 visitas a este blog. Así que me he dedicado un rato a revisar antiguos posts. Uno de mis primeros artículos en este blog se llamaba “Los Inmortales”. En él hablé muy brevemente de Yusuf Karsh, el fotógrafo retratista que más me impresiona con diferencia respecto al siguiente.

Su historia y su trabajo podéis ir a mirarlos en su página web, en Youtube, en la Wikipedia y en los sitios habituales de referencia.

Yusuk Karsh fue un fotógrafo eminentemente de oficio, sin demasiadas ínfulas de artista. En los años 40 el juego consistía en sobrevivir. Grandes fotógrafos de aquella época, a los que ahora llamamos maestros eran exactamente lo contrario de lo que hoy más se admira de ellos. Veían la fotografía como un arte, sí, pero un arte al servicio de algo. De un cliente, de un movimiento o de unos ideales. Esta aproximación utilitaria de la fotografía hizo que los fotógrafos de entonces fueran ante todo, grandes conocedores de su oficio. Virtuosos de la fotografía, que en algunos casos, desarrollaron inquietudes artísticas personales.

Justo al revés de lo que vemos hoy tan a menudo, cuando tantos jóvenes y no tan jóvenes artistas se dedican en cuerpo y alma a la fotografía, pero desdeñando deliberadamente la parte del oficio, como si trabajar con un fin más allá de la mera expresión personal fura algo impuro o cutre. Aceptan ser camareros o guardas de parking sin problemas, pero se les caen los anillos enseguida en cuanto piensan en sacarle un rendimiento económico a su arte.

No es la primera vez que señalo estos asuntos. Porque es un pensamiento que tengo a menudo. Quizás sin darme cuenta he pasado de aprendiz a dinosaurio en esto de la fotografía. Reivindico tenazmente el valor del oficio, del saber hacer lo que se hace. Reivindico lo bueno que tiene trabajar para clientes. Levanto la mano para recordar que no sólo no hay nada malo en ello, sino que la historia demuestra que algunas de las mejores obras se han producido precisamente por encargo. La Gioconda, la Capilla Sixtina, Las Meninas, casi toda la obra de Robert Capa, El Padrino… todo piezas de encargo. Piezas que tuvieron que cumplir con compromisos, obras hechas dentro de unos límites muy marcados. Pero precisamente ahí es donde a menudo se ve al artista. Al que es capaz de crear incluso dentro de un terreno pequeño, al que es capaz de marcar gol, rodeado de defensas contrarios.

Hace poco tuve el privilegio de pasar un par de días con Juan de la Cruz Megías, ese genio murciano cuya obra principal, el indefinible “Vivan los novios”, es una colección de imágenes de boda que fluctúan entre el neorrealismo más choricero y el surrealismo alucinatorio. Unas fotos que no se hubieran podido hacer de no haber mediado encargos de por medio. Juan es un gran defensor del fotógrafo de oficio y se pone nervioso cuando se enfrenta a jóvenes pretendidamente artistas que no son capaces de articular un discurso coherente y que además rechazan la fotografia como medio de vida.

Juan de la Cruz Megías y Yusuf Karsh comparten mucho, aunque no lo parezca. Los dos buscan penetrar en la capa no superficial de los sujetos a quienes fotografían. Sujetos que posan voluntariamente para ellos, no siempre conscientes de que, más que fotografías, les están haciendo radiografías.

Quiero ser distinto, igual que todos lo demás.

noviembre 28, 2011

Tengo 770 amigos en Facebook. En Twitter, en este momento me siguen 511 personas. La media de visitas de este blog es de unas 1.500 personas por semana. En Linked In, ese lugar para gente seria, sólo 330. Abrí una cuenta de Google +, pero de momento parece un gran fiasco. Mi vida social online está sana, aunque tampoco es para tirar cohetes.

La última locura se llama Klout. Una herramienta que mide la influencia que tienes sobre la gente que te rodea. De momento voy por 40 sobre 100. Dicen que a partir de los 70 puntos es cuando se te empieza a considerar como un gran influyente, y tu vida social empieza a ser monetariamente evaluable. Es decir, te empiezan a llamar para ofrecerte cosas. Del asunto de la influencia online ya hay hasta carrera universitaria, que nadie se vaya a creer que hablamos de pequeñeces.

Yo, que había decidido escribir sólo en español, que ya no tengo ni blogroll para no tener que acabar poniendo links de cortesía o conveniencia, me planteo si no estoy infrautilizando mi potencial de influencia. Yo, que por curiosidad por conocer la verdad he renunciado a impulsar de modo artificial la cantidad de contactos que tengo y confío exclusivamente en el poder del interés del contenido de lo que escribo, no puedo evitar sentir presión por lograr metas que alguien en un despacho en San Francisco ha decidido que son importantes para mí.

Pero no necesito todo esto. Lo que de verdad necesito es silencio. Necesito que no me interrumpan. Concentración. Tiempo para pensar. Tiempo para madurar ideas. Necesito espacio propio para darle forma a todas las ideas que pasan por mi cabeza.

No estaría de más de establecer temporadas de abstinencia total de vida online para poder trabajar con algo de seriedad.

En fotografía necesitamos tiempo para planear proyectos. Tiempo para fotografiar, y sobre todo, muchísimo tiempo y concentración para editar y darle forma a las cosas. Vivimos una época de fotografía a granel, proyectos multitudinarios, aluviones de influencias, inputs, insights y feedbacks. Hoy se hacen libros de fotos con material resultante de unos días de trabajo. Hoy hay gente que publica un libro al año.

Toda esta interconexión, toda esta influencia y contrainfluencia, que es emocionalmente adictiva y por lo tanto tiene sus subidones y bajones, me pregunto si no está consiguiendo que se creen patrones de repetición.

El trabajo Exactitudes® de Ari Versluis y Ellie Uyttenbroek sobre los patrones de imagen en la ropa es un magnífico ejemplo gráfico de lo que nos está pasando en fotografía. Encontramos nuestra tribu, y nos vestimos igual que el resto de sus integrantes. Nos sentimos arropados, seguros, calentitos. Pero pagamos por ello. Pagamos con nuestra propia identidad. Nuestro principal tesoro a cambio de no sentirnos solos. Un precio ciertamente muy alto. Quizás demasiado.

A petición del lector, algunos nombres.

noviembre 21, 2011

Hace unas semanas una vieja lectora me reprochaba que este blog era ya demasiado para entendidos. Que le gustaba más al principio, cuando me dedicaba sobre todo a recomendar a fotógrafos en su mayoría desconocidos para el gran público.

El caso es que en los últimos tiempos han surgido mucho blogs en los que se hace ese mismo trabajo. Ya hay muchos comentaristas que rastrean la red en busca de talentos de los que aprender. El riesgo de señalar a un autor del que ya se ha hablado recientemente en otro blog es muy alto, porque en realidad todos bebemos de las mismas fuentes. Como además hay algunos terrenos que prácticamente no tocamos, el espectro de fotógrafos de los que hablar es muy pequeño.

Para mi lectora vieja – perdón, vieja lectora – ahí va una listita de fotógrafos con los que entretenerse:

Martin Kollar, que con su trabajo en el Parlamento Europeo nos enseña quiénes son los que pretenden sacarnos de la crisis.

Peter Bialobrzeski, que ha hecho un proyecto que yo pensé hacer durante una temporada, hasta que vi este y desistí.

Tim Scrivner, que creyendo hacer un sencillo y utilitario archivo  de fotos de agricultura, en realidad está haciendo un proyecto ultramoderno que en breve veremos en los museos.

Jeff Brows, que es un fotógrafo de parkings y descampados de los buenos. Porque no todos son buenos, digan lo que digan.

Linsey Addario: una de las mejores fotoperiodistas del mundo. Capturada en Libia y soltada a los pocos días. Ni comparación con el patrio Manu Brabo.

Rankin, o cómo ganar suficiente dinero para ser dueño de un edificio entero en Londres y tener 90 empleados.

Eugenio Recuenco, que está conquistando el mundo desde España a base de talento y trabajo. Un día hablaré sólo de él.

Thomas von Houtryve, cuyo trabajo sobre los regímenes comunistas actuales es ya histórico. Un dato: se hizo pasar por un fabricante de chocolate que quería abrir una fábrica en Corea del Norte. Durante los meses de negociaciones comerciales, él iba haciendo fotos. Nadie ha fotografiado Corea del Norte como él.

Tengo mucho lío y hoy no doy para más. Pero con esta lista, y tirando del hilo, cualquiera puede entretenerse hasta el domingo que viene. Para entonces habré tenido alguna idea, espero.

 

 

 


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 755 seguidores