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Artesanía

noviembre 19, 2012

Será un tópico, será un lugar común, será una idea infantil, pero a menudo pienso en cómo sería mi vida si en lugar de dedicarme a la fotografía me dedicase a hacer azulejos pintados a mano, o bolsos de cuero, o tartas de limón muy ricas.

Una amiga de la adolescencia se casó con un luthier, y siempre envidié al luthier por haberse casado con esa chica y por ser luthier. Con el tiempo los amores derivaron a otros brazos, pero los deseos de fabricar cosas con las manos no se movieron y no hacen más que crecer.

Daniel Day-Lewis se convirtió en mi ídolo cuando se retiró a la Toscana para ser aprendiz de zapatero. ¿O era una de esas noticias-trampa fruto de la mente de un buen publicista?

Os acordáis en Único Testigo, cuando los Amish construían una casa de madera todos juntos y en armonía, justo antes de sentarse a una enorme mesa para la merendola?

Eso era antes de que nos enteráramos de que en realidad no son tan santitos.

En cualquier caso, en mi muy idealizada idea de la artesanía, la vida transcurre de buen rollo, sin estrés, sin el peso de la ambición profesional y sin la llovizna permanente de la competitividad. En mi sueño bucólico de Gepetto Hipster siempre es primavera, y cuando no lo es, las cigarras cantan, las hojas caen maravillosas y la nieve siempre se mira desde dentro de una cabaña con un tazón de caldito en la mano. La chimenea calienta toda la casa y nunca siento el deseo de ver a más gente que a mis vecinos de la granja que está a 12 kilómetros.

Cuántas veces me he dicho que quizás todo sería más fácil si desistiese de todo y me dedicase a producir cosas sencillas, sin más ambición que la de tener el reconocimiento que se deriva de una compra normal y corriente. Sin pensar en premios, festivales, editoriales, grupos y camarillas, sin tener en cuenta lo que ha hecho ese chaval tan joven, o lo que aún hace ese tío tan mayor pero tan juvenil.

Hace tiempo me dije que hacer fotolibros sería la manera perfecta de aunar mis dos pasiones, la fotografía y la artesanía. Pero el mundo del fotolibro se ha sofisticado tanto que se ha convertido una rama más del enrevesado y ultraperfumado mundo del Arte. La parte artesanal sigue existiendo, pero el peso de la cosa social es demasiado fuerte. El Gran Palais repleto de fotolibros es la prueba de ello. El fotolibro, auqnue sigue siendo el rey, ya no es la salida idealizada que imaginaba. Es, en gran parte, una fuente de estrés. Que sí, que tiene sus cosas buenas, pero ya no es algo reposado. Está tan imbuido del marketing y la promoción, que cansa solo de pensar en ello.

Será por eso que, al meditar acerca de la evolución de la fotografía como disciplina y como medio de vida he empezado a experimentar como ya saben muchos, en el mundo del video, y sin saber cómo, he centrado mi atención en todos esos videos documentales sobre gente que hace cosas maravillosas con sus propias manos.

Creo que lo que ocurre es que realmente me interesan las cosas que hacen esas personas que entrevisto. Me gusta lo que hacen y quiero participar de sus actividades. Es indiferente si me lo encargan o no. No lo haría si no me interesase genuinamente la gente a la que ruedo. Y aún hay más: la manera de rodar y producir estas piezas, así, solito, al estilo ninja, sin más equipo que el que cabe en una mochila aceptada hasta por Ryanair, se convierte también en una especie de artesanía. Trabajando a ritmo lento, haciéndolo todo yo mismo. Tomándome el tiempo de convertirme en un miniexperto en cada materia. Por ejemplo, ahora sé muchísimo acerca de cómo se hacen los barriles de roble europeo. Del sistema de corte de duelas quartier, de la diferencia entre el roble europeo y el americano, de la diferencia entre una bota y una bordolesa

¿Y el compromiso social?, ¿y el mensaje? Pues no creo que haya mensaje más interesante que el que se desprende de esas personas que producen cosas tranquilamente, sin ínfulas ni burbujas. Creo que los nuevos artesanos pueden ser buenos maestros para los que como yo, se dejan arrastrar por los torrentes de la vanidad.

Quizás la creación de minidocumentales sea una forma de artesanía en sí misma. Habrá que tener cuidado de no convertirlo en un producto industrial ni crear tallas únicas. De momento estoy aprendiendo el oficio y lo estoy pasando muy bien.

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