Será lo normal.

Hace 10 años tuve la suerte de que una -por entonces- incipiente pero prestigiosa galería de arte se acercara a mí para que iniciáramos una relación de colaboración. El plan era muy sencillo: consistía en empezar a exponer mis fotos en sus propios locales y en las distintas ferias de arte para ir así dotándolas de valor y que todos hiciéramos negocio. Parecía que me hubiese tocado la lotería. Mientras muchos fotógrafos hacían lo imposible para que les atendiesen, a mí me venían a buscar. ¿Qué más se podía pedir? Iría a Basel, la FIAC, PhotoMiami… lo mejor de lo mejor!

Yo, que estaba empezando, no tenía un discurso propio. Hacía fotos profesionalmente, pero no había desarrollado unos intereses míos definidos y desde luego, no había llevado a cabo ningún proyecto como debe ser. Tenía un montón de fotos sueltas, con muy poco nexo, o por lo menos con un nexo tan subterráneo que yo ni lo veía. Quizás cuando sea muy mayor sea capaz de ligar todo ese trabajo y relacionarlo con mis dibujos del jardín de infancia y con mis garabatos de demente senil.

La falta de discurso, a las galeristas les parecía un problema, pero no un impedimento. Me dijeron que era como todos los artistas: “en realidad tú no sabes lo que haces, eso te lo decimos nosotras”. Me pidieron que les enseñara un gran número de fotos y ellas hicieron la selección. Seleccionaron unas 20 fotos y ya estaba lista la primera expo. A mí me gustaban las fotos que seleccionaron, pero no se puede decir que estuviera de acuerdo con el método. Pensé “será lo normal”.

Había que hacer una catálogo, así que llamaron a un reconocido crítico de arte profesional quien recogió el encargo de escribir un texto sobre esas fotos y sobre mí. Lo hizo sin llegarme a conocer. Habló conmigo el tiempo que dura un café. Pensé “será lo normal”.

Las galeristas me dijeron que debía dejar de hacer fotografía comercial ni de ningún otro tipo, porque eso devalúa la obra que se expone en galerías. Les pregunté si me darían un sueldo para vivir entre exposición y exposición, pero me miraron asombradas, como si les hubiera hablado en chino. Pensé “será lo normal”.

Hice cuentas: si hubiéramos vendido toda la obra, teniendo en cuanta que para mí iba un tercio del precio de venta, hubiera recaudado unos 15.000€

No es fácil al principio hacer más de un par de exposiciones al año, y nunca se vende toda la obra, así que hubiera tenido que arreglármelas para vivir con unos 10.000€ al año durante algunos años.

Yo ya tenía 30 años entonces, así que esa opción era inaceptable. Supongo que si me pillan con 20 años y viviendo en casa de mis padres hubiera podido jugar a eso, pero mi realidad de persona adulta no acostumbrada a mendigar, se interpuso en mi camino.

Se hizo la expo. Vinieron a entrevistarme de algún medio de comunicación, salió mi foto en los papeles y tuve que ir a cenar con coleccionistas. Quienes han cenado conmigo saben que no soy de los que comen y callan. Más al contrario, hay que mandarme callar. Pero necesito un frontón, alguien que conteste. Las cenas de coleccionistas eran duras, la verdad. Conversaciones de compromiso, risas de lata y ostentación de poca cosa.

Cuando fui a buscar mi obra al almacén de la galería vi mis fotos envueltas en papel de burbujas apiladas junto a obras de Alan Sekula, de José Manuel Ballester. Ese almacén era tan parecido a la zona de recogida de Ikea que pensé “esto no es normal”.

Supongo que a estas alturas sobra decir que la relación terminó y que nunca he vuelto a buscar un galerista. Me gusta ver mis fotos en grande, pero me da mucha tristeza ver cómo las galerías se llenan el día de la inauguración y luego se pasan un mes en silencio sepulcral, con una persona sentada en una mesa que te dice “hola” cuando entras y “adiós” cuando sales.

Antes de que alguien escriba diciendo que soy un resentido y que lo que pasa es que no me ha ido bien y por eso me meto con las galerías, aclaro: puede que sea así, pero más bien creo que simplemente no he comprendido nunca la sobrevaloración por consensos convencionales de aquello que per se es prescindible.

Vender caro? Si, claro, pero en una escala inteligible.

Digamos que las distintas burbujas que han estallado en los últimos años deberían servir de aviso para la que se avecina en el mundo del arte. Sería lo normal, digo yo.

9 comentarios to “Será lo normal.”

  1. Foto David Maroto Says:

    Dando fe y con una sonrisa cómplice en mi cara, recuerdo una frase de Boadella… “ARCO mola… mola ver una gran reunión de timadores trabajando” o algo así, (Perdón por versionarlo un poco..).
    Carlos de menuda nos hemos librado… jeje.

  2. tinosoriano Says:

    Creo que planteas un tema muy interesante y en el que valdría la pena profundizar. Muchas gracias

  3. David Ozkoidi Says:

    Hola Carlos, me ha gustado mucho tu post. Soy de los que me he tragado miles de expos ( y sigo haciéndolo) en galerías y museos de arte contemporáneo y pienso en el 90% de las veces; “si vivirán esta gente de lo que exponen…¿?” yo he intentado acercarme a casi todas las disciplinas de l “imagen fotográfico y del cine” y el año que viene cumpliré 30 años. Teniendo claro que lo de las galerías es una pantomima y que a menudo las revistas y periódicos se parecen mucho a una galería me pregunto si podré algún día vivir de algo que me apasiona e ilusiona y llevo 10 años trabajando. Las galerías son como la banka, exactamente como lo has descrito al final; la especulación en el arte hará explotar la burbuja algún día, o al menos eso espero… un abrazo y enhorabuena por tomar otro camino en su momento.

  4. Enri Mann Says:

    Suena a una historia conocida y cien veces escrita desde hace siglos. En este pais y puede que en todo el planeta el mundo del arte (mejor dicho el negocio que lo abraza) es bastante desagradable y la culpa de ello es de por una lado la falta de cultura de la población respecto a el arte, por otro los artistas que quieren ser millonarios muy rápido y por otro las tarantulas que manejan el negocio y que no tienen ni etica ni escrupulos.

    Para ser libre con lo que se hace hoy en día una de dos:

    O tienes otro trabajo y haces lo que te da la gana y te conformas con el reconocimiento que puedes encontrar entre los aficionados sin dinero para comprar.

    O te toca la primitiva y triunfas y entonces las condiciones las pones tu.

    Es lo que hay.

  5. Carles Mitjà Says:

    Es un tema complicado. No le deis más vueltas. Para vivir de lo que uno hace hay que conseguir venderlo… Para venderlo, hay que dar con aquél a quien le interese… Para dar con el que le pueda interesar… y así hasta el infinito.

    Como ya tengo unos años, he acumulado suficientes experiencias al respecto que me han ayudado a tener una opinión que, aún a riesgo de estar equivocado, disipa todas las dudas que tuve de joven al respecto:

    Para crear libremente, nada mejor que no depender de que alguien te lo compre. En la medida de lo posible, hay que ganarse la vida con algo relacionado como por ejemplo, la fotografía profesional. No caer en la tentación de querer pasar por un profesional-artista, ser “sólo” un buen profesional ya es bastante complicado. Ser profesional quiere decir, ante todo, saber dar respuesta a una necesidad creada de antemano, a menudo por otros.

    Si uno consigue ganarse la vida como un verdadero profesional, la profesión le puede financiar la creación. Es igual que el que por las mañanas trabaja en una fábrica y por las tardes hace modelismo, que es lo que le gusta. En mi ejemplo, además, la creación pertenece al mismo ámbito que el “modus vivendi”.

    No hay mayor placer, al menos para mi, que hacer, o intentarlo, la imagen que quiero. Si además, de vez en cuando lo consigo, pocas cosas en esta vida me resultan tan gratificantes y nunca se me ha ocurrido pensar en cuál podría ser la opinión de un galerista, un crítico o un coleccionista. Depende de mi y de los míos.

    He empezado diciendo que era un tema complicado. En realidad, creo que la única complicación radica en superar la tentación del reconocimiento público. Si lo conseguimos, somos libres…, que no es poco.

  6. Sergio Says:

    Saludos. Pues creo voy a poner un poco el punto de vista contrario. Hace un par de años estuve en una exposición en una de esas galerías donde reinaba un silencio sepulcral. Había ido a ver las fotografías de Gregory Crewdson. Aunque es un fotógrafo muy conocido no había absolutamente nadie, excepto una chica en el mostrador que ni se molestó en responderme las buenas tardes, aunque también pueder ser que las diera muy bajito. No entró un alma en los cuarenta minutos que pasé allí. Sólo decir que aquella intimidad en la que disfruté de la galería contribuyó de manera esencial al estado de absoluto gozo, aunque suene cursi, así fue, que me produjo estar allí. Acercarme sin ser molestado, ni distraido, retroceder unos pasos, inclinarme para verlas del revés sin miedo al ridículo, volver otra vez y prestar atención a un detalle desatendido… por un momento casi parecían mías, sólo estaban allí para mí. Entré en un estado de plena atención y receptividad, nada existía fuera de aquellas imágenes. Me importaba y me importa tres carajos la indiferencia que al resto de la gente parecía despertarle aquella exposición. Por supuesto compré el libro todavía como en una nube, aunque era caro y no tenía ni un puto duro. El libro me gusta, pero desde luego que no es lo mismo. El libro ha contribuido a que me aficione más por la fotografía, pero la exposición a que me hiciera “creyente” suene eso como suene, y quien lo haya experimentado supongo que lo entiende. No amigos, el arte no es un timo.

    Ahora sí, burbuja, por supuesto que la hay, pero eso creo que es otra cuestión. La burbuja existe en la misma esencia de este negocio, en el que la relación entre el valor económico de la pura materia física del objeto y su valor económico definitivo en cuanto objeto artístico es puramente convencional y depende únicamente de cuánto esté dispuesto alguien a pagar por él. No soy de moralinas, cada cual que se gaste la pasta en lo que le venga en gana. En este sentido hace poco vi el documental que os enlazo, se llama “La gran burbuja del arte contemporáneo”. Dura una hora, es largo y está en cuatro partes. Mi momento favorito es cuando Damien Hirst vende “El becerro de oro” (símbolo de la falsa adoración) por una cantidad disparatada de dinero. La obra en cuestión es una vaca disecada, que hoy supongo que decorará algún distinguido salón. Punk, the great Rock n’ Roll swindle. En verdad os digo que cosas así me reconcilian con el capitalismo.

    Perdón por la larga parrafada. Un saludo!

    http://www.revistadearte.com/2008/09/16/%E2%80%9Cel-becerro-de-oro%E2%80%9D-de-damien-hirst-se-vendio-en-londres-por-10345250-libras/

  7. Carlos Says:

    es interesante leerte, como siempre, gracias

  8. Adrian Says:

    Inquietante recomendación la de dejar de hacer trabajos comerciales! Eso es como si le dijeran a Leonardo que dejara de aceptar encargos! Esos galeristas querían que acabaras suicidándote como Van Gogh. Claro, cuando estás muerto la obra vale más. Demencial!

  9. Magdalena Says:

    Me ha encantado el artículo y los comentarios.

    Hace un tiempo tuve un encontronazo con un galerista: le dije que el mercado es opaco y que ciertas prácticas estarían penalizadas por ley si el mercado no fuera así (en otros mercados lo están).
    Por no hablar de falta de conocimiento artístico en general…

    Obviamente, aquel que sólo se dedica a exponer es porque tiene otra fuente de ingresos para vivir. Puede ser bueno o malo para el artista/fotógrafo, dependiendo de cómo de fuerte tenga el ego artístico y necesite reconocimiento, como bien dice Carles Mitjá.

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