Editando la herencia de nuestros nietos.

Tengo en una caja guardadas hojas sueltas de periódicos en los que hay fotos mías publicadas, o en las que se me menciona, aunque sea en un pequeño párrafo, abajo a la izquierda. Tengo cajas con copias de pruebas y de porfolio. Copias de fotos que nunca más voy a enseñar porque me producen sonrojo. La primera vez que publiqué un reportaje completo en una revista conocida, compré 10 copias, por si acaso. Sigo con por lo menos 8 de esas copias ocupando espacio, pero no me atrevo a deshacerme de todo eso. Tengo un VHS con una entrevista que me dio vergüenza incluso cuando me la hicieron. La he visto sólo una vez. Tengo un diploma y un par de recuerdos de premios. Y esto no es nada. Voy a ir más atrás: tengo alguna carpeta con dibujos a carboncillo de cuando estudiaba bellas artes. Papeles de más de 5 metros enrollados, con ejercicios de dibujo. Cuadros al óleo de casi 3 metros, también enrollados. Y los bastidores, por si un día me da por volver a montarlos. Tengo una buena cantidad de cuadros disparatados de cuando era estudiante y cambiaba radicalmente de estilo cada 2 meses. Tengo planchas de grabado en metal y linóleo. Pruebas de serigrafías y copias de litorafías. Tengo decenas de cuadernos de notas y diarios de viajes. Moleskine y lo que no es Moleskine. Se puede decir que tengo un mercadillo de porquerías mezcladas con cosas buenas que he guardado durante 20 años, por si un día tenía sentido desempolvarlo. Un pensamiento narcisista y vanidoso me ha empujado todo este tiempo a no tirar esas cosas, por si un día, con 80 años, me hacen una retrospectiva analítica y así tengo con qué llenar las paredes. La verdad, no parece que nada de eso vaya a ocurrir. No me imagino una retrospectiva en la que al exponer el trabajo oculto de un autor, lo único que se consigue es demostrar que tuvo curiosidad por tantas cosas que le costaba mucho creerse demasiado ninguna de ellas.

A veces pienso que estoy dejándole a mis nietos en potencia la maldición de tener que deshacerse de algo con lo que no sabrán qué hacer, pero que no se atreverán a tirar por puro y simple respeto al abuelo. A mí ya me ha pasado. Tengo cuadros de mi bisabuela y de mi abuela, cuyo valor artístico es seguramente discutible, pero que no me atrevo a tirar, porque en realidad me gustan un poco. Han estado ahí toda la vida y creo que no tengo la objetividad necesaria para juzgarlos como debe ser. En mi buhardilla también hay obra de mi madre, que es artista. Y eso sí que es más difícil. Atreveros vosotros a tirar a la basura la creación de vuestra propia madre. Sería como matar a un hermano. Un hermano callado y polvoriento, pero un hermano, al fin y al cabo.

Pero de vez en cuando, cado cuatro o cinco años, me armo de valor y tiro cosas. Sobre todo cosas mías. Recuerdo haber tirado en un contenedor una quincena de cuadros que previamente rasgué, para que nadie los pudiera recuperar. He tirado dibujos, copias de fotos. He tirado de todo, pero voy muy lento.

Es como si al mismo tiempo que voy viviendo, fuera editando mi obra, pero de forma definitiva. Si llego a muy viejo, espero haber sido capaz de deshacerme de todo lo que no fuera un poco mejor que bueno y así dejarle menos jaleos a mis descendientes. Con los discos duros llenos de fotos y vídeos, no sé qué va a pasar. Eso sí que me molesta un poco, porque es posible que sea la simple obsolescencia tecnológica la que se ocupe de cercenar mi obra y hacer que se disuelva como lágrimas en la lluvia. Por eso creo que hay que imprimir copias y hacer libros. Porque de lo digital, desengañaros, no va a quedar nada. La tecnología muere de vieja. Intentad poner en marcha un proyector de Super 8 de hace 70 años al que no le pasa nada, pero que hace décadas que nadie ha puesto en marcha. Fallará en lo más tonto: la bombilla o el transformador, pero algo fallará.

Todo esto lo cuento porque la semana pasada Txema Salvans, que está en medio de un ataque de autoedición definitiva consigo mismo, y por lo tanto deshaciéndose de varias cosas, compartía conmigo la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo es necesario guardar recortes, revistas, entrevistas, marcos, fotos de los inicios , etc.? Os recomiendo que vayáis a mirar en los contenedores de cerca de su casa, porque es posible que encontréis copias suyas vintage.

Así que para contestar a su pregunta, he tenido que meditar acerca de qué es lo que me pasa a mí con esas cosas. Y aquí va la respuesta.

Hace pocas semanas una tía mía me obsequió con una maleta de mis abuelos paternos en los que había miles de negativos desde los años 40 hasta los 80, en los que sale mi padre y mis tíos de recién nacidos. De adolescentes, de mayores. Salgo yo con un mes de vida. Salem mis abuelos de viaje con sombrero y abrigos largos. Hay copias en papel y cajitas con negativos de todos los tamaños. Resulta que mi abuelo, ingeniero, era muy aficionado a la fotografía. De ahí la Rollei que llegó a mis manos hace años. Pues bien, esa maleta de cartón con las esquinas remachadas en hierro, llena de pegatinas de distintos países, es hoy para mí un auténtico tesoro, que estoy deseando empezar a investigar.

Quizás no te hagan nunca una retrospectiva, pero si alguien se ocupa de que parte de tu trabajo no se desperdigue, puede que caiga en manos de alguien que lo aprecie y sepa qué hacer con ello. Así que creo que la respuesta a la pregunta de Txema es que todas esas cosas hay que podarlas y quitar aquello que es obviamente horrible, pero teniendo manga ancha y paciencia, porque no sabes a quién puedes hacer feliz dentro de 50 años.

2 comentarios to “Editando la herencia de nuestros nietos.”

  1. JG Says:

    Acabo de pasar por una mudanza. Un trauma, enfrentarte a tus cosas almacenadas y decidir qué tiras y qué guardas: Cámaras, que almaceno porque fueron importantes, el labo… hardware informatico que nunca uso pero a veces hace falta, la colección de ensayos, pruebas, malas copias… la impresora A3 que consume tiempo y dinero y casi nunca consigues que haga lo que debe, pero que fue una inversión… los libros de foto que adoras pero que ocupan tanto y que ves tan poco…

    Seguro que de la foto digital no quedará nada, salvo que dediques un esfuerzo y una inversion continuada a preservarlas, pero de momento tiene una ventaja: ocupa poco espacio.

    De acuerdo en deshacerte de lo “obviamente horrible”, el problema es que lo obviamente horrible de hoy es lo estupendo de mañana. ¿No te ha pasado que al revisar viejos contactos no entiendes por qué positivastes una foto y no la de al lado que es infinitamente mejor?

    Por cierto ¿Me das la direccion de Txema Salvans? ¿Qué dias tira la basura?

  2. Mª Victoria Says:

    He leído muy tarde este post porque ¡estoy de mudanza! no de casa, sólo de despacho, que creo que es peor. He tirado media vida en bolsas de basura industriales, puse “reciclar” quizá con la esperanza de que los papeles que tiraba fueran algo útiles. La otra media vida aún quedará en mi nuevo despacho, y otra parte ha ido a un sotanillo. Experiencias de todo tipo, desde ¡qué cantidad de trabajo para quedar en unas paginitas! hasta ¿he escrito yo alguna vez esto? Una mezcla de pena y libertad. Dentro de unos años, si vivo, volveré a las andadas. Me duele tirar, hay algo de desprecio que rechazo.

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