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El año que viene te casas.

noviembre 7, 2011

En los últimos años se han difundido mucho las revisiones de portfolios. En cada festival de fotografía, en cada taller, en cada evento relacionado con la fotografía, encuentras distintas modalidades de esta interesante actividad.

A veces consiste en «mesas calientes», es decir, una serie de personas de reconocido prestigio del ámbito de la fotografía están sentadas en mesas en las que reciben por turnos cortos -de unos 20 minutos- a jóvenes fotógrafos que acuden a presentar sus trabajos y a recibir consejos.

Otra modalidad consiste en que un personaje de reconocido prestigio acude a una escuela o centro, y hace lo propio con los alumnos que allí se encuentran.

Este tipo de encuentros es un magnífico hallazgo: permite a los jóvenes escuchar (no siempre) buenos consejos o incluso establecer relaciones profesionales que pueden dar frutos concretos. Al mismo tiempo el fotógrafo, editor, comisario o galerista de reconocido prestigio tiene la posibilidad de descubrir a jóvenes promesas, o simplemente de estar en contacto con gente joven, nuevas tendencias y, en definitiva, mantenerse informado y al día.

A veces ni los personajes que revisan hacen honor a su prestigio, ni los los que son revisados necesitan más consejos ni indicaciones, pero por lo general la cosa es útil paras todos.

Yo he estado en los dos lugares. Recuerdo cuando un conocido fotógrafo, al ver mi trabajo, me dijo que no siguiera por el camino de la fotografía. Me ofendí mucho y me tomé como un reto personal el demostrar que aquel individuo estaba equivocado. Yo no soy muy difícil de provocar, la verdad. También recuerdo cómo presenté mi trabajo a alguien que me ayudó luego a obtener un premio e incluso, indirectamente a editar mi propio libro. Así que doy mi experiencia a ese lado de la mesa por buena, fructífera y positiva.

Últimamente estoy más en el otro lado y debo decir que es una actividad que me gusta. Me ayuda a pensar, me pone a prueba y me hace sentir que aporto algo a alguien. Procuro saber algo de las personas que me van a presentar su trabajo antes de que lleguen y procuro que mi estado de ánimo coyuntural no determine demasiado la naturaleza de mis comentarios. Hago lo que puedo por ser sincero pero positivo. Cuando alguien trae algo que me gusta, no escatimo elogios. Y si alguien trae poca cosa o percibo que trabaja poco, tampoco me corto. En este oficio ni los que se lo curran tienen garantizado el éxito, así que los que no dan palo al agua, de verdad que pierden el tiempo.

A veces esos jóvenes fotógrafos te ponen unas copias de 10 x 15 cm sobre una mesa, dan medio paso atrás, te miran de reojo, se cruzan de brazos, y a esperar a ver qué dices. A veces me han dado ganas de coger una foto cualquiera de la mesa y decir: «el año que viene te casas». Como si estuviera leyendo el Tarot.

Otras veces sientes que te presentan proyectos muy íntimos y personales, y medio en broma medio en serio, tengo que recordar que no soy un psicoanalista y que jugar a las psicoterapias con un fotógrafo puede ser peligroso. Puede ser peligroso porque podemos meternos en camisas de once varas con problemas reales de la gente. Es cierto que es necesario conocer el contexto psicológico de un trabajo fotográfico, pero si hablamos de traumas infantiles o de cuadros depresivos, hay que andar con pies de plomo, no la vayamos a liar parda.

Para rematar el post, animo mucho a unos y a otros a que participen de estos encuentros en cuanto tengan ocasión. Desde que se han popularizado, la gran familia de la fotografía se ha ampliado y se ha hecho más fuerte.

Y en algunos casos doy fe de que ha habido hasta bodas.


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