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Poniendo escaleras.

mayo 24, 2010

Digan lo que digan, los fotógrafos compiten. Si hay un encargo en el aire, a menudo hay más de un fotógrafo que se quiere llevar el gato al agua. Algo así como las licitaciones de obras de los ayuntamientos. También en este campo hay tramas Gürtel y «amiguitos del alma».
Pero también se compite cuando no hay encargo. Se compite por los premios; ¿quién no quiere un World Press, una beca Eugene Smith, o aunque sea un triste premio del ferrocarril? Se compite por las portadas, por el número de páginas en una revista, se compite por que los fotógrafos conocidos te saluden como si fueran tus amigos íntimos… Se compite, sí. Desgraciadamente, se compite.

Es un horror, todos lo sabemos. A nadie le gusta competir. A mí, desde luego, me horripila. Es una sensación cansadísima y humillante. Es como pedir prestado. Pelear por obtener el favor del público es algo que corroe el alma. No le sienta nada bien a la creatividad, alimenta la planta ponzoñosa de la envidia. Competir saca lo peor de nosotros; hace aflorar el miedo y nos lleva a medir científicamente qué porcentaje de atrevimiento y qué porcentaje de prudencia tenemos que introducir en nuestro trabajo. Nos hace pensar en la fotografía de una manera que en nada se parece a lo que nos llevó a ella.

Así que yo procuro no competir. Procuro evitar la comparación. Hago todo lo que puedo por quedar fuera de la competición. Quizás no en los encargos comerciales, pero sí que intento quedarme fuera del concurso en mi trabajo personal. Es la única manera de sentirme seguro. Esto no significa que no me presente a concursos, lo que significa es que sólo me presento cuando siento que no compito. Cuando siento que no tengo competencia, si se me permite la presunción. No importa si la cosa sale bien o mal. Lo que importa es que yo debo estar seguro de lo que presento. No me atrevería a presentar algo incompleto, o conscientemente aproximado.

He llegado a la conclusión de que la única manera de no competir es abordar proyectos que no se hayan hecho antes. Nada menos. Si nadie lo ha hecho, no hay con quién comparar. Si nadie lo ha intentado, tú eres el que abre la senda. Los demás suben luego, del mismo modo que todos transitamos por las sendas que los demás han abierto antes. Los que vengan luego, quizás lo hagan mejor en el futuro, pero la escalera la pusiste tú. Eso te da una paz interior a prueba de bombas.

Pero ¿es posible hacer algo que no haya hecho alguien antes? No del todo, pero sí parcialmente. Quizás escojas un tema no abordado, aunque lo hagas de una manera convencional. Quizás escojas un tema convencional, pero lo hagas de una manera muy novedosa. Quizás seas el primero en introducir un elemento determinado. En cualquier caso, lo que parece claro es que a lo largo de una vida, es muy difícil tener muchas buenas ideas. Es muy difícil poner una sola escalera. No digamos poner más de una. Yo creo que si llego a los 80 y he puesto más de 4 escaleras, podré morirme tranquilo.

De momento creo haber puesto una escalerita. He tardado cerca de 20 años de intentos, pruebas, rodeos y frustraciones. Pero ahí están mis peldaños. Espero tener la buena suerte de dar con otra buena idea pronto y de tardar menos en llevarla a cabo.



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