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El Fotógrafo Perfecto: tocar de oído.

febrero 15, 2010

Como tantas otras personas, en algún momento de mi infancia pensé que quería ser músico. No tenía claro si mi modelo era Pau Casals o Javier Gurruchaga. El caso es que me apuntaron a clases de música. Muy rápido comprobé que la cosa no era tan sencilla. El solfeo resultó ser una barrera demasiado alta para mi débil motivación. Alguien me dijo que había casos de gente, como Jimmy Hendrix, que eran capaces de desarrollar el sentido musical basándose en su oído y en su amor por la música. Pensé que ése podría ser mi caso: “no tengo fuerza de voluntad, pero tengo un talento natural desbordante, que se ocupará de llevarme al firmamento.”

Estudié  pintura. Le dediqué algo de esfuerzo, pero todavía confiaba demasiado en mi capacidad natural para discernir lo bueno de lo malo. Una vez más,  no fue suficiente la intuición. Todavía no estaba preparado para cansarme.

Empecé a trabajar en una agencia de publicidad y entonces me enteré de lo que vale un peine. De pronto decenas de personas tenían por diversión personal el poner permanentemente en duda mi talento y capacidad artística. Mis sublimes creaciones sufrían las modificaciones constantes de personas que no estaban dotadas del genio divino necesario para opinar acerca de ellas.

Como resultado de estas dos aproximaciones antagónicas, decidí dedicarme a algo que había estado siempre en mi cabeza, pero a lo que no le había dedicado mucha atención. Abandoné mi trabajo y me hice fotógrafo. Pero esta vez había aprendido la lección y recordé las sabias palabras del bueno de Bismark: “Para los jóvenes sólo tengo tres consejos: trabajo, trabajo y trabajo.”

Desde entonces, y de esto hace ya casi diez años, tengo la inmensa fortuna de ganarme la vida haciendo fotos. Pero sabed que a casi nadie le gusta el trabajo que haces por encargo. Siempre quieren saber qué es lo que haces cuando no tienes encargos, lo que resulta en que debes desarrollar dos carreras paralelas: una personal con la que das rienda suelta a tus inquietudes, sin rendirle cuentas más que a ti mismo y otra profesional en la que te dedicas, precisamente, a rendirle cuentas a todo el mundo, todo el rato. Y con estos, se cumplen dos de los “trabajos” que recomendaba el Kaiser.

El tercero consiste en conseguir que tu vida familiar y afectiva, se mantenga en pie y que ninguna de las tres facetas devore a las demás. “Trabajo, trabajo y trabajo”.

Efectivamente, ya no cuento con el muy escurridizo talento y sí con el irrefrenable poder del esfuerzo. He aprendido cosas que no sabía, he leído muchísimo, me he obligado a comprender lo que me resultaba incomprensible y he desarrollado una cierta desconfianza hacia los que empiezan sus frases diciendo “Lo que tú tienes que hacer es…”

Y después de esta parábola de Todo a 100, ahí va mi conclusión acerca de El Fotógrafo Perfecto.

La cosa nace de la observación de que hay miles de fotógrafos profesionales o no, famosos o no, viejos y jóvenes de todos los sitios del mundo, que hacen un tipo de fotografía muy parecida entre sí. Y yo me digo: ¿cómo es esto? ¿cómo es posible que tanta gente coincida en algo tan personal como es el trabajo personal?

Porque las coincidencias de estilo en el ámbito profesional no son infrecuentes. Las empresas que se sirven de la fotografía para transmitir su imagen y su personalidad siempre juegan sobre seguro: reclaman imágenes hechas de manera que coincidan con códigos ya establecidos y reconocibles. Casi nunca rompen esquemas, sino que más bien buscan esquemas a los que adscribirse.

Pero que eso ocurra en el ámbito de la fotografía artística me resulta bastante extraño.

La fotografía como expresión artística ha experimentado un impresionante auge en los últimos 10 años. Los años en los que la tecnología digital ha hecho la mayor parte de su camino. Este tiempo coincide con los años en los que ciertos fotógrafos como Shore o Sternfeld (que trabajan con antiguas cámaras de gran formato) han tomado las galerías al asalto.

Cuando hace un año Stephen Shore dio una conferencia en Alcalá de Henares en el ámbito de Campus de Photoespaña, me quedé maravillado de oírle decir con cierto hastío que su fotografía respondía a unas necesidades ópticas específicas destinadas a estudiar el efecto visual por el cual nuestros ojos proceden a enfocar distintos planos, aunque recorran una superficie bidimensional. Nada de poesía del silencio. Nada de la belleza de lo vulgar. Nada intangible, todo razonado y explicado.

Sternfeld con “Walking the Highline”, “Oxbow Archive”, o “Sweet Earth”, tiene un discurso conservacionista y ecológico. Un trabajo fotográfico al servicio de un fin específico.

Es decir, eso que parece la foto de un parking vacío y punto, en realidad tiene una razón de ser que trasciende el hecho fotográfico en sí.

Yo creo que hasta cierto punto nos hemos sentido avalados y nos hemos lanzado a fotografiar todos los descampados de nuestros barrios, comprobando jubilosos, que vista en una pantalla de ordenador, nuestra foto de un descampado luce muy parecida a la de Sternfeld.

Creo que estamos en una fase en la que confiamos demasiado en nuestro talento natural y sintiéndonos relajados porque lo que hacemos con muy poquito esfuerzo, se parece sorprendentemente a aquellos que pueblan las paredes de los museos del mundo. Creo que a veces nos conformamos con tocar de oído. Que nos da pereza seguir con el solfeo y confíamos en que la similitud formal de nuestro trabajo con el de los maestros haga de nosotros los artistas que soñamos ser.

Para aquellos que copian los esquemas ajenos, aquellos que se ocupan de fotografiar cosas que simplemente amplían las series de sus maestros, tengo sólo tres palabras: ”contenido, contenido y contenido.” No se puede fotografiar indefinidamente la melancólica angustia de las áreas semiurbanizadas de las periferias. Es importante que sepamos para qué sirve todo eso. Es importante saber que la fotografía no debería ser entendida exclusivamente como un atajo a través del cual podemos llegar a una posición social atractiva. Y también creo necesario subrayar que la actividad fotográfica dirigida sólo a uno mismo o a un número reducido de compañeros, es lo más parecido a un hobby  (y aquí es donde me echan a los perros).

La fotografía, como dice Ricky Dávila en esta maravillosa entrevista, es un arte, pero también es un oficio.

Hoy podéis ver la web de El Fotógrafo Perfecto, pero pudiendo leer de quién son las fotos que componen ese portfolio.

Este Fotógrafo Perfecto es absolutamente imperfecto como fotógrafo, pero totalmente perfecto como guía estilística formal para los que quieren un camino bien allanadito por el que transitar sin riesgo, sin esfuerzo y casi casi pareciendo un artista. El Fotógrafo Perfecto es la respuesta definitiva para los que buscan un autor al que imitar. Un compendio de ejemplos con el que hacer fotos que cuelen.

Gracias a los que colaboraron mandando fotos. A los valientes que propusieron su propio trabajo como ejemplo, les doy las gracias muy especialmente. Han demostrado estar dispuestos incluso a ponerse en duda a sí mismos con el fin de ahondar en sus propias motivaciones.

Para la semana que viene, algo más ligerito, lo prometo.


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