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En ascensor, con cinturón de seguridad.

junio 8, 2009

He aquí un tema que no me quita el sueño, pero que merece una pequeña reflexión.

 Cuando empezaron a popularizarse las cámaras digitales compactas, empezaron a salir también impresoras cada vez más pequeñas y baratas. Yo veía aquello con algo de escepticismo y me decía “el día menos pensado van a inventar la Polaroid”.

Pues bien, ya ha llegado ese día. Después de haber casi desparecido del mapa, Polaroid se ha reinventado y va a sacar una cámara con impresora incorporada. Acabáramos. Así que al final sí que nos gustaba lo del papel. Parece que no es suficiente con tener un millón de fotos que nunca volveremos a mirar en el disco duro. Parece que el soporte más antiguo y duradero, que es el papel, no estaba muerto. Estaba de parranda.

Y esto me hace reflexionar acerca de lo muy especiales que eran las Polaroids. Una categoría en sí mismas. Unas fotos genuinamente irrepetibles. Y no importa si eran de las profesionales o de las de andar por casa. Cada vez que veías aparecer el color de la nada, era auténtica magia. Además, no había una hoja de contactos en la que elegir el mejor disparo. A razón de, por lo menos 5 segundos entre cada disparo, no había manera de hacer ráfagas. 

¿Sabéis que hay unas cámaras Polaroid que hacen fotos de 60 X 50 cm? Hay pocos fotógrafos que las usen, y ninguno hace nada que me guste demasiado, pero la cámara en sí es preciosa.

polanewton

 

Hace tiempo compré un libro de polas de Helmut Newton. Cada vez que lo miro me digo que una sola de esas polas, una sola de esas pruebas utilitarias, sería más emocionante de tocar que una gran copia enmarcada y numerada que puedas comprar en una galería de Berlín.

La humilde Polaroid, ese soporte que no servía más que para jugar o como prueba para corregir la iluminación en una sesión de estudio, realmente responde a uno de los principios más profundamente arraigados en la psique humana: el principio de la unicidad. Un principio que ha supuesto durante siglos la base de casi todo comercio artístico y que sin embargo, en los últimos años, ha pasado, a un claro y extraño segundo plano.

La fotografía ha tardado en ser considerada una arte de galería, precisamente porque no cumplía el principio de irreproducibilidad. Sin embargo hoy, que es posible hacer infinitas copias totalmente idénticas entre sí,  ese ha dejado de ser un requisito imprescindible. La promesa de un galerista de no aumentar la tirada, un certificado de autenticidad y el aval de una firma con rotulador indeleble, son las bases sobre las que se asienta el siempre sofisticado mundo de la fotografía artística. Este es un asunto un tanto espinoso, que no vamos a resover en este breve artículo, así que no le daremos más vueltas.

Total, que han se han tirado a la piscina y han reinventado la Polaroid, aunque guardando la ropa a la vez, porque no deja de ser una cámara digital que imprime, por lo tanto, ya no produce copias únicas. En realidad es un producto bastante artificial, que responde, eso sí, a un deseo de fisicidad, aún muy poderoso para casi todos nosotros, pero sin el vértigo de lo irrepetible. Con todas las garantías. Estoy seguro de que tendrá mucho éxito. Así son nuestros días. Pronto iremos con cinturón de seguridad hasta en el ascensor.


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