Archive for 28 enero 2013

Lo que intimida a los fotógrafos.

enero 28, 2013

¿Qué es lo que nos convierte en fotógrafos?. ¿Tener la capacidad de conceptualizar un discurso y plasmarlo en escenas bidimensionales? , ¿el valor de adentrarnos en situaciones en las que nadie sensato se metería y fotografiarlas?, ¿la conciencia social, el compromiso político?, ¿haber publicado en algún medio impreso?, ¿formar parte de un grupo o colectivo?, ¿acudir a festivales?, ¿obtener más del 50% de nuestros ingresos con el ejercicio de la fotografía?, ¿haber ganado algún premio de reconocido prestigio?, ¿tener conocimientos de psicología para sacar lo mejor de los/as modelos?, ¿saber dirigir a un ejército de ayudantes y artesanos para que construyan lo que queremos?

Y la pregunta que alude a un grupo al que me voy a referir ahora: ¿conocer el uso de la luz y la composición y su efecto emocional en función de una narración previa?

Porque creo que esto es lo que hacen los directores de fotografía. Esos fotógrafos de los que los fotógrafos no hablan nunca. No hablan nunca de ellos porque a menudo no los consideran de los suyos, pero que en realidad son los que crean los estereotipos de los que luego nos nutrimos. Porque a estas alturas, yo diría que todos saben que la fotografía se nutre del cine mucho más que al contrario, verdad?. Bueno, sí, es un viaje de ida y vuelta, pero es innegable que dada la enorme influencia que tiene el cine en los fotógrafos, de vez en cuando podrían mencionarlos.

Nunca he visto en el blogroll de un fotógrafo el nombre de algún director de fotografía. Tampoco he oído casi nunca a los fotógrafos hablar de directores de fotografía. Es como si fueran un grupo que no nos concierne. No sé si es que no les consideramos fotógrafos porque trabajan sometidos a un guión ajeno, o porque vemos que su capacidad técnica es normalmente tan abrumadoramente superior, que preferimos mirar para otro lado y hacer como si no estuvieran ahí para no sentirnos intimidados. Escribo en primera persona del plural por prudencia, para que no vengan a decirme que si me meto con la gente, tal y cual. Porque lo cierto es que yo sí que me fijo mucho. He trabajado con algún director de fotografía excepcional cuando he rodado spots, y creo que de ellos, de lo que vemos en las buenas películas, es de quien más he aprendido en realidad.

Para que no todo sea regañina, propongo un juego: a ver quién reconoce estos fotogramas y nos dice la película y el Director de Fotografía.

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¿Sirven para algo las escuelas de fotografía?

enero 21, 2013

English version is after spanish text.

Tomás López (y esto es todo lo que sé de él) me escribe un mail en el que me cuenta que después de 6 años educándose a sí mismo en fotografía, está un poco perdido.

Cito:

“Ahora estoy perdido…..hay tantas maneras de contar una historia, tantas maneras diferentes que me gustan….que ahora no se como contar mis historias. Creo que he perdido la inocencia de la ignorancia y ademas me he dado cuenta de que no se por donde empezar un trabajo. Hay veces que pienso que necesito apuntarme a una de las escuelas que haya aquí (BlankPaper o Lens) y aprender ese proceso.”

Es decir, en realidad no se pregunta si hay que estudiar fotografía. Se pregunta si necesita matricularse en una escuela de fotografía. Y es una muy buena pregunta, porque es un tema que no tiene una respuesta sencilla.

O quizás sí.

Para aprender a hacer fotos, para descubrir cuál es tu lenguaje, para saber qué han hecho los demás antes que tú y poder enfrentarse a la fotografía con conocimiento de causa, acudir a una escuela es absolutamente prescindible. Hay miles de fotógrafos maravillosos, entre los que se cuentan los más clásicos y afamados, que nunca fueron a una escuela de fotografía. Si lo que quieres es aprender, no hay nada, nada en el mundo, comparable a salir a la calle y hacer fotos. Gástate lo que te cuesta una matrícula en comprar una cámara, viajar y conocerte a tí mismo como persona y como fotógrafo. Sal de tu zona de confort, ponte a prueba, experimenta y date el lujo de hacerlo sin ánimo de lucro. Es imposible que al cabo de varios años no hayas conseguido encontrar tu lenguage. Haz retratos, paisajes, ve a zonas de conflicto, a lugares pacíficos y atractivos; alquila un estudio, juega con la luz, imprime tus fotos y autoedítate. Lee blogs, lee libros, biografías, sigue grupos de Facebook, sigue a fotógrafos reconocidos en Twitter, y si aún no tienes bastante, dedícale unas semanas a ver los 2.000 vídeos imprescindibles del canal de Vimeo DEVELOP. Si haces todo esto, ya estarás haciendo muchísimo más de lo que hicieron Cartier Bresson, Salgado o Helmut Newton.

Pero sólo hasta ahí.

Porque la verdad es que si lo que quieres es ser fotógrafo, vivir de ello y que todo ocurra en un plazo de tiempo razonable, entonces sí que debes meterte en una escuela.

La fotografía ya no es como en la época de Bresson, Salgado ni Newton. La fotografía como carrera es hoy por hoy súmamente sofisticada, y ya no basta la autodidáctica. Y no basta porque en la fotografía de hoy, el hecho de hacer fotos en sí es una pequeñísima parte de lo que debes saber. Hoy ya no basta ser buen fotógrafo. Hay cientos de miles de personas que saben hacer fotos. Siempre habrá uno con mejor ojo, más valiente, con más cultura, con más dinero, o con más amigos que tú. Y siempre habrá uno que tenga todo eso y algo más.

En la época de los Gigantes de la fotografía no había escuelas. Bueno, sí las había, pero no era como hoy. La gente aprendía siendo ayudante, meritorio, y picando mucha piedra. Pero en esa época no había millones de fotógrafos. En esa época, y hasta hace bien poco, si dominabas la técnica, ya eras fotógrafo. La cancha era mucho más grande y había muchos menos jugadores.

Pero ahora esto es la selva. Ya no hay cancha. Hoy se entremezcla la fotografía y el vídeo; el periodismo y el arte, la publicidad y el entretenimiento. La ficción con la realidad. Hoy están prácticamente derribadas las barreras y el famoso crossmedia ya no es noticia; es lo que hay.

Así que visto lo visto, yo diría que sí. Que es bueno asistir a una escuela. En las escuelas y talleres lo que vas a hacer es acelerar el tiempo de aprendizaje. Si la escuela es buena, vas a ahorrarte mucho tiempo y muchas penalidades. En una escuela vas a poder probarlo todo en poco tiempo. Te van a ayudar a conocer quién eres tú y quién es quién en la industria. A qué festival tienes que ir, según qué estás buscando. Vas a poder despejar dudas relativas a cómo son las cosas en realidad. Dudas que antes no había a quién preguntárselas, cosas que antes tardabas años en conocer.

Vas a poder mirar libros que de otro modo no conocerías, o que te costarían todo tu dinero. Vas a tener la ocasión de ver de cerca a profesionales en activo, que te van a contar sus experiencias, y eso es probablemente lo más útil. Poder preguntar clara y directamente las cosas, ver de qué pie cojea ese fotógrafo al que siempre has admirado. La primera vez que asistí a un taller fue a uno de Alex Webb. Al final del taller el hombre puso sobre la mesa su libro “Under a grudging sun”. Lo vedía por 20 euros. Yo me dije: “este hombre es el director de Magnum Nueva York y vende sus libros él mismo?”. Eso me empezó a dar una dimensión de lo que realmente significa ser fotógrafo documental. Nada que ver con la idealización del fotógrafo millonario y lleno de groupies. Nada que ver con los fotógrafos de moda y publicidad, que (antes sí) ganaban mucha pasta.

También estuve en uno de Nadav Kander, en el que comprendí que el hoy multicelebrado Premio Pictet y autor de “The Yangtse River” sufría un cierto complejo por no se reconocido como artista y sí como un exitoso y millonario fotógrafo de publicidad.

A eso me refiero. En las escuelas, si son buenas, te van a ayudar a ver la trastienda. Para lo bueno y para lo malo. Vas a ver más rápido lo que vale un peine, vas a medirte con compañeros día a día y vas a desmitificar mitos. En una escuela, si es buena, te van a ayudar a desmenuzar, comprender y digerir el atribulado mundo de la fotografía actual. Te van a explicar que ni el 10% de los alumnos van a vivir de lo que están estudiando. Te van a poner en evidencia frente a ti mismo y frente a tus compañeros, porque de eso se trata: de ponerse en evidencia, de sacar a la luz las fuerzas y debilidades, y eso, tú solito normalmente no vas a hacerlo con tanta crueldad.

ARE PHOTOGRAPHY SCHOOLS REALLY USEFUL? 

This text is the answer to a young photographer who asked me wether it is a good idea to go to photography school or not.

To learn how to take pictures, to discover your own language, to know what others have done before you and be able to face the photograph knowingly, going to a school is absolutely expendable. There are thousands of wonderful photographers, among which include the most classic and famous, who never went to a photography school. If you want to learn, there is nothing, nothing in the world, comparable to go out and take pictures. Spend what it costs to buy a camera, travel and know yourself as a person and as a photographer.

Get out of your comfort zone, challenge yourself, and experience yourself the luxury of doing personal work. It is impossible that after several years you will have not managed to find your language. Make portraits, landscapes, go to conflict zones, peaceful and attractive places, rent a studio, play with light, print your photos and self publish. Read blogs, read books, biographies, follow Facebook groups, known photographers on Twitter, and if you do not have enough, spend a few weeks to see the essential 2000 videos on the Vimeo channel DEVELOP. If you do so, you’ll be doing much more than Cartier Bresson, Salgado or Helmut Newton did.

But that’s about how far you can go on your own.

Because if you really want to be a photographer and make a living out of it in a reasonable time, then you should enroll a school.

Photography is not anymore like it was in the times of Bresson, Salgado or Newton. Photography today is a very sophisticated carreer, and being a self-taught person is no longer enough. It is not enough because the act of taking pictures itself is just the smallest part of what you must do. Today is not enough to be a good photographer. There will always be someone else with a better eye, more guts, more knowledge, more money or more friends than you do. There will always be someone else with all these things and even something more.

Back in the times of the photography Giants there weren’t any schools. Sure, there were some, but not like the ones today. People used to learn working as an assistant, an apprentice; sweating it out. But in that time there weren’t millions of photographers. Until quite recently if you mastered the techniques, that was enough to make you a photographer. The playing field was bigger and there were less players.

But now, it’s wild. There’s no playing field. Today photography mixes with video; journalism with art, advertising with entertainment. Fiction with reality. There’s no boundaries, and the famous crossmedia is no news anymore.

Given all these things, I would say yes, It is good to go to a school. In schools and workshops, you are accelerating your learning time. If the school is good, you will be saving time and pain. You will try many things in a very short time. They should help you to know yourself and who’s who in the industry. Which festival you should go according to what you are looking for. They should solve your doubts on how things are in real life. Questions you didn’t have who to ask, before. Things that used to take years before you got to know them.

You’ll have the chance to see books you otherwise wouldn’t even know or couldn’t afford. You’ll have the chance to be close to professionals currently working, who will tell you their experiences; and that is the most useful thing about a school. You’ll have the chance to ask them your questions clearly and directly.

You’ll get to know inside out those photographers you admire the most.

The first time I went to a workshop, it was with Alex Webb. By the end of the workshop, the man put his book “Under a grudging sun” over the table. He was selling it for 20 euros. I said to myself : “this man is the of Magnum NY Director and here he is, selling his own books”. That gave me the real dimension of what it means to be a documentary photographer. Nothing even close to the ideal image of a millionaire with plenty of groupies. Nothing similar to those fashion and advertising photographers that used to make lots of money.

I also was once at a Nadav Kander’s workshop. Today he is a very celebrated artist photographer. He was awarded a Pictet Award, but  back in that time I think he was still suffering a certain complex for not being recognized as an artist but as a successful and rich advertising photographer.

That’s what I mean. In schools, if they are good, they are going to help you to see the back room. For better or worst. You are going to check quickly what is worth. You are going to measure with colleagues day by day and demystify the myths.

In a school, if it is good, they are going to help you to shred, understand and digest the distressed world of photography today. They are going to show you that not even 10% of students are going to make a living out of what they are studying.

They are going to expose you to yourself and to of the others, because that is what it’s all about: expose yourself, allowing the strengths and weaknesses to get out, and that is something that are not going to do in such a hard way, if you are on your own.

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Ojalá no supiéramos nada.

enero 14, 2013

Quién no pagaría con 10 años del total de su vida con tal de volver 10 años atrás, pero perdiendo el conocimiento que posee en este momento de manera selectiva?

La resurrección, los pactos con el Diablo, las pócimas mágicas, los profetas y las obras de arte: variantes sustitutivas de una misma combinación imposible. Porque cuando se puede no se sabe, y cuando se sabe no se puede. O por lo menos no se puede igual.

Y no hay manera de que nos creamos lo que nos dicen todos los sabios desde siempre. Por más que sepamos que no hay nada más creativo que la espontaneidad, nos empeñamos en formarnos. En volvernos expertos de nuestra materia. Y cuando ya lo somos, nos damos cuenta de que el peso de lo aprendido nos está lastrando demasiado como para realmente crear nada nuevo. Por eso la verdadera creatividad se produce mucho más a menudo durante la juventud.

Con la edad llega la perfección, la excelencia, las obras maestras. Pero difícilmente llega la inspiración genial. Para eso hace falta ser más ignorante. Para trazar nuevos caminos, no hay nada como no tener mapa. De esa manera no estamos tentados ni de coger el camino más cómodo, ni el de los maestros y sabios. Sin mapa es más probable abrir nuestro propio sendero. Grande o pequeño, pero nuestro.

Con la fotografía me pasa que ya sé bastante de lo que hay. No es que sea un erudito, ni un especialista. Tampoco soy un virtuoso de la práctica de la misma. Pero después de varios años, ya me siento bastante formado. Según la teoría que dice que necesitas 10.000 horas para dominar una materia, yo esta materia, la domino hace rato.

Digamos que ya me sé la media docena de clichés con los que puedes mantener una conversación sobre fotografía contemporánea con casi cualquiera.

Sin embargo, hay un nuevo caladero para mí. Los videodocumentalistas. Esa gente que lleva décadas haciendo documentales sobre temas interesantes y extraños; tan extraños como los que están ahora haciendo los fotógrafos, pero cuyos nombres no circulan tanto en nuestro ámbito.

Os propongo que veáis este pequeño trailer y que luego escuchéis a toda esa gente más detenidamente en la web del proyecto Capturing Reality: the art of documentary.

Como aperitivo, también podéis echarle un rato a este documental de Paul Watson: The Family. Friquismo retro pero cuando no era retro. Reality Show antes de que existiera el término. Impresionante. Eso sí, en inglés.

Digamos que con este tipo de material me siento todavía muy primerizo. Esos nombres aún no me dicen demasiado. No me siento ni intimidado, ni sé si pertenecen a un bando o al otro, no tengo ni idea de si han ganado premios o no. No sé si han creado escuela, sin tienen camarillas, seguidores y detractores. Todas esas cosas que sí sé de los fotógrafos.

Por un lado estoy hambriento de conocimiento, como el que acaba de descubrir una comida que nunca había probado, pero por otro lado me apena estar perdiendo el beneficio de la ignorancia. Quizás debería tener la prudencia de no estudiar demasiado para no contaminar mi entusiasmo con cotilleos corporativos, que se acaban conviertiendo en el centro de la conversación.

Turismo de guerra y otros sacrilegios.

enero 6, 2013

ATENCIÓN: MODO HUMOR ACTIVADO.

Esta semana ha salido en la prensa que hay en Siria un japonés, que harto ya de su monótona vida de camionero, se ha puesto un traje de camuflaje, se ha colgado sus cámaras de fotos y se ha ido de vacaciones a la guerra.

Este turista bélico, en una entrevista dice que es un tipo de lo más normal. Lo único es que hace años que no habla con sus hijas.

En su cuenta de Facebook se pueden ver algunas de sus fotos. El hombre no se priva de nada: cadáveres, piernas humanas sueltas, heridas supurantes… incluso aparece él mismo disparando.

Manu Brabo, que está por allí, me indica que no es el único. Que por lo visto en Siria en este momento hay más de un turista de la guerra. Manu está cabreado porque opina que estos individuos arriesgan sus vidas para poner fotos en Facebook y de alguna manera se entrometen en el trabajo de los verdaderos periodistas que están por allí.

Según Brabo, “esto se para cuando la noticia sea, en lugar de cómica, dramática. Lease : ” Un japonés aburrido de su vida viaja a Aleppo y vuelve a Tokio en un cajón”.

Walter Astrada dice “Al menos el tio es sincero. Dice que va de turista. Se quiere diferenciar de los periodistas. No como otros que van por lo mismo, la adrenalina y usan otros discursos.”

Para Samu Reales “Igual el objetivo del japonés es gastarse su dinero en vivir (no necesariamente más tiempo) como a él le da la gana. A mi me parece una lección”

Txema Salvans se pregunta si “no será un artista.”

Todas estos comentarios me parecen acertados. En mi opinión el tipo es un desequilibrado emocional que se juega la vida tontamente porque le da la real gana, hace con sus fotos lo que quiere, lo dice abiertamente, y quizás sin quererlo, protagoniza una especie de happening Fontcubertiano. Quizás todo termine cuando vuelva a Tokio en un cajón. Lo cierto es que los rebeldes y el ejército sirio, seguramente no lo distinguen de cualquier fotógrafo freelance que ande por ahí. En las guerras contemporáneas los espontáneos son más que los asalariados. Justa o injustamente, es así.

El caso es que todo este asunto me ha recordado el corto “Banal” que hizo hace unos años mi amigo David Planell, en el que un padre divorciado y su hija adolescente discuten porque ella no quiere ir al campamento de verano de la Franja de Gaza. Prefiere la Ruta de los Francotiradores, o una visita a Guantánamo. Una escena de pequeño conflicto familiar absolutamente anodina, si no fuera porque se ha sustituido el clásico veraneo en los Picos de Europa o Mallorca, por opciones de conflicto. Y lo hace sin darle importancia, haciendo como si nada. Muy interesante y premonitorio.

Pero no acaba ahí la cosa. Yo participé en eso corto. Hay una escena en la que la chica ojea unas viejas fotos de otros viajes de aventuras de conflictos que hicieron cuando aún su padre y su madre no estaban divorciados y yo me encargué de hacer esas fotocomposiciones. En el corto casi no se ven, (min. 3:57) pero yo me lo tomé muy en serio, y me lo curré para hacer aparecer a los protagonistas en situaciones en las que nunca estuvieron. Si tenéis en cuenta que los fondos son cada uno de su padre y de su madre, pero los personajes están fotografiados en un estudio todos el mismo día, no está nada mal. Tampoco os pongáis a encontrar errores, que ya se que los tienen, pero daos cuenta de que era para un corto y el presupuesto era limitado. Un gran ejercicio de fake, que visto ahora, adquiere una nueva dimensión, una nueva vuelta de tuerca: además del despropósito que supone ir a los conflictos con espíritu turístico, podríamos añadirle el descalabro moral absoluto que supondría hacerse unas fotos falsas con las que presumir de haber estado, pero sin haber ido. Todo un ejercicio de pérdida de valores morales humanos y periodísticos. El anatema, el sacrilegio supremo, la blasfemia inadmisible. La semilla de la duda una vez más. Una nueva evidencia de que la fotografía ya no es fiable. El apoteosis del archivo RAW como única prueba infalible de la verdad.

Al osado que se atreviera a tanto, le desterrarían de toda actividad documental para varias generaciones, pero posiblemente el gran Fontcuberta le nombrara Gran Maestre de la Orden del Creacionismo Evolutivo.

Quién sabe, a lo mejor en Japón hay hueco para ese negocio. ¿Quién dice que no se puede vivir de la fotografía?. Todo es buscar un nicho. Si no, que se lo pregunten al japonés.

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