Archive for 30 enero 2012

Donde el búfalo domina la llanura.

enero 30, 2012

Proyectos de series de retratos, de lugares que significan algo, proyectos que reflejan la vida cotidiana de nuestro mundo más cercano. Fotos de pequeñas historias personales que muestran el yo profundo. Vídeos y multimedias autobiográficos o simbólicos. Imágenes de los restos de algo que ya no está. Como dice Sofía de Juan, de “presencias ausentes”. Diarios de a bordo, búsquedas interiores, bitácoras sentimentales e imaginería sensorial. La exploración de nuestra dimensión emocional, la visión enriquecida de los ojos del artista. La belleza de lo banal, los no-momentos, los no-lugares. Las provocaciones previamente pactadas, las investigaciones de segunda mano o de tercera generación. Los spin-offs, los homenajes, las citas, los cameos, las bromas del mundillo, el metalenguaje que explica lo que no aparece en la superficie. Todo ello en edición limitada de 20 ejemplares cosidos a mano.

Y dónde queda el gran viaje, la aventura, la carretera, el dormir a la intemperie, el no volver por el mismo camino? ¿Dónde queda la emoción del horizonte sin fin, el descubrimiento de territorios hostiles, las borracheras con desconocidos? ¿Dónde está fumarse un cigarro con el tío de la garita? Qué pasó con subirse a un barco carguero, con perderse en la noche, con no cambiarse de ropa en semanas? ¿Es que ya nadie tiene interés por el viaje puro y duro? ¿Tanto hemos viajado ya que no nos tienta coger una avioneta sobre las dunas? ¿Es que ya nadie quiere sentir que se ha metido en un lío que no era necesario? ¿Es que no quedan cazadores de caza mayor?

Si, algunos aún son lo bastante románticos como para lanzarse a aventuras viajeras. Sin estar de vuelta de todo. Sin buscarle los tres pies al gato. Como Kadir Van Lohuizen y su apabullante proyecto Via PanAm, con el que, en 40 semanas recorre desde Tierra del Fuego hasta Alaska fotografiando las rutas de las migraciones interamericanas.

En este video él mismo explica en qué consiste el proyecto. Gracias al crowdfunding,  a través de emphas.is consiguió la financiación necesaria para hacerlo. Yo le voy siguiendo en Facebook, y más allá del proyecto en sí, os puedo asegurar que incluso si lo hubiera pagado de su bolsillo, ya lo habrá recuperado todo. No para de dar charlas y conferencias en cada país en el que pasa una temporada. Los patrocinadores se lo rifan y las grandes publicaciones también.

Creó una app para iPad, que es donde se puede ver este proyecto en su mejor expresión. Un proyecto realmente de vanguardia. Aventura, tecnología, inteligencia, planificación y magníficas fotos. De momento, el viaje aún no ha acabado. Seguid el blog, en el que va contando dónde está y qué hace. Se entrevé que en no mucho tiempo vamos a tener un gran libro y un gran multimedia.

Con Via PanAm Kadir van Lohuizen se ha convertido en un referente imprescindible para los que buscan, con sus proyectos, hablar de cosas extraordinarias y quieren salir a cazarlas a las grandes praderas, donde el búfalo aún domina la llanura.

El Gran Hermano es un drone protestante.

enero 23, 2012

Hoy he estado a punto de limitarme a traducir un artículo que he leído en The Economist. Pero como es un poco denso, os lo cuento a mi manera y le añado una pequeña reflexión al final. Si preferís, podéis leerlo directamente en la fuente o/y ver el vídeo.

El sueño de todo reportero en zona de conflicto es ser invisible y poder transmitir su material instantáneamente. Con esos antibalas en los que pone “TV” con cinta americana y teleobjetivos Canon blancos, no acaban de conseguirlo. En realidad, el camuflaje perfecto hoy es trabajar con un iPhone. Muchos lo están haciendo ya, y ya hemos hablado de ello desde el punto de vista estético.

El caso es que ya sabemos que la mayor parte de la información que se filtra desde lugares como Siria, donde el control a los periodistas es extremo, procede de gente corriente que graba con su smartphone y lo emite a canales en vivo online, como Ustream, Livestream, Bambuser, o incluso el nuevo canal de CNN, iReport.

Finalmente se ha hecho realidad el sueño de todo reportero intrépido: poder emitir en vivo e internacional, desde el corazón de la noticia. Otra cosa es que ese sueño viene inevitablemente emparejado con la paulatina degradación de la profesión misma, pero esa es otra cuestión.

No sólo cualquier manifestante puede emitir como si fuera la BBC, sino que ya hay quien está pensando un pasito más allá.

La ONG Witness, en colaboración con una organización que se llama The Guardian Project están desarrollando una app llamada Obscura Cam, que facilitan la emisión de material video en vivo, al tiempo que, de manera optativa y muy facilmente, podemos hacer que todas o algunas de las caras que aparecen en el video, queden pixeladas. De esta manera se salvaguarda la integridad de los manifestantes o combatientes. Esta misma gente ha pensado en todo: el software Informa Cam hace que el archivo que se envía online no tenga ningún metadato; ninguna información, de manera que los malos no pueden localizar a quien lo ha hecho. Pero también se genera un archivo con datos como geolocalización, dirección de brújula y hora, para cuando se pueda enviar a un receptor de confianza (un canal de TV extranjero). Este archivo no se puede alterar sin dejar rastro, lo que sirve para asegurar la fiablididad de la información. En última instancia, puede constituir una prueba con valor legar el un juicio.

También sabemos que es frecuente que la policía o militares utilicen los vídeos que hay en Youtube para identificar a los enemigos del régimen, sea este el que sea. Si, también hay un software que coteja las caras de los videos con fotos de perfil de Facebook, con un margen de acierto del 30%. Se llama PittPatt, acaba de ser adquirido por Google y da miedito.

Ciencia ficción? No. Lo normal para un smartphone.

Al mismo tiempo, ya están al alcance de cualquiera los mini drones. Pequeños aparatos voladores muy estables, que se manejan con un iphone, viendo en su pantalla lo que la cámara que cuelga del drone está grabando. En esta manifestación en Varsovia, por ejemplo, lo utilizaron los manifestantes para obtener información desde el aire de de los movimientos de la policía.

Así que las cosas han dado un giro completamente inesperado. El Gran Hermano no es un organismo central que nos vigila desde un despacho tenebroso. El Gran Hermano somos todos. Es inquietante pensar que al final vamos a ser buenos, porque vamos a estar tan vigilados los unos por los otros, que no nos va a quedar más remedio. Un poco como esa costumbre protestante de no poner visillos en las ventanas, que tanto nos asombra a los latinos cuando vamos a Amsterdam. La idea que subyace es que si no tienes nada que ocultar, no tienes por qué tapar la ventana. O dicho de otro modo: si todos te vigilan, ya te ocuparás tú de no tener nada que ocultar.

Editando la herencia de nuestros nietos.

enero 16, 2012

Tengo en una caja guardadas hojas sueltas de periódicos en los que hay fotos mías publicadas, o en las que se me menciona, aunque sea en un pequeño párrafo, abajo a la izquierda. Tengo cajas con copias de pruebas y de porfolio. Copias de fotos que nunca más voy a enseñar porque me producen sonrojo. La primera vez que publiqué un reportaje completo en una revista conocida, compré 10 copias, por si acaso. Sigo con por lo menos 8 de esas copias ocupando espacio, pero no me atrevo a deshacerme de todo eso. Tengo un VHS con una entrevista que me dio vergüenza incluso cuando me la hicieron. La he visto sólo una vez. Tengo un diploma y un par de recuerdos de premios. Y esto no es nada. Voy a ir más atrás: tengo alguna carpeta con dibujos a carboncillo de cuando estudiaba bellas artes. Papeles de más de 5 metros enrollados, con ejercicios de dibujo. Cuadros al óleo de casi 3 metros, también enrollados. Y los bastidores, por si un día me da por volver a montarlos. Tengo una buena cantidad de cuadros disparatados de cuando era estudiante y cambiaba radicalmente de estilo cada 2 meses. Tengo planchas de grabado en metal y linóleo. Pruebas de serigrafías y copias de litorafías. Tengo decenas de cuadernos de notas y diarios de viajes. Moleskine y lo que no es Moleskine. Se puede decir que tengo un mercadillo de porquerías mezcladas con cosas buenas que he guardado durante 20 años, por si un día tenía sentido desempolvarlo. Un pensamiento narcisista y vanidoso me ha empujado todo este tiempo a no tirar esas cosas, por si un día, con 80 años, me hacen una retrospectiva analítica y así tengo con qué llenar las paredes. La verdad, no parece que nada de eso vaya a ocurrir. No me imagino una retrospectiva en la que al exponer el trabajo oculto de un autor, lo único que se consigue es demostrar que tuvo curiosidad por tantas cosas que le costaba mucho creerse demasiado ninguna de ellas.

A veces pienso que estoy dejándole a mis nietos en potencia la maldición de tener que deshacerse de algo con lo que no sabrán qué hacer, pero que no se atreverán a tirar por puro y simple respeto al abuelo. A mí ya me ha pasado. Tengo cuadros de mi bisabuela y de mi abuela, cuyo valor artístico es seguramente discutible, pero que no me atrevo a tirar, porque en realidad me gustan un poco. Han estado ahí toda la vida y creo que no tengo la objetividad necesaria para juzgarlos como debe ser. En mi buhardilla también hay obra de mi madre, que es artista. Y eso sí que es más difícil. Atreveros vosotros a tirar a la basura la creación de vuestra propia madre. Sería como matar a un hermano. Un hermano callado y polvoriento, pero un hermano, al fin y al cabo.

Pero de vez en cuando, cado cuatro o cinco años, me armo de valor y tiro cosas. Sobre todo cosas mías. Recuerdo haber tirado en un contenedor una quincena de cuadros que previamente rasgué, para que nadie los pudiera recuperar. He tirado dibujos, copias de fotos. He tirado de todo, pero voy muy lento.

Es como si al mismo tiempo que voy viviendo, fuera editando mi obra, pero de forma definitiva. Si llego a muy viejo, espero haber sido capaz de deshacerme de todo lo que no fuera un poco mejor que bueno y así dejarle menos jaleos a mis descendientes. Con los discos duros llenos de fotos y vídeos, no sé qué va a pasar. Eso sí que me molesta un poco, porque es posible que sea la simple obsolescencia tecnológica la que se ocupe de cercenar mi obra y hacer que se disuelva como lágrimas en la lluvia. Por eso creo que hay que imprimir copias y hacer libros. Porque de lo digital, desengañaros, no va a quedar nada. La tecnología muere de vieja. Intentad poner en marcha un proyector de Super 8 de hace 70 años al que no le pasa nada, pero que hace décadas que nadie ha puesto en marcha. Fallará en lo más tonto: la bombilla o el transformador, pero algo fallará.

Todo esto lo cuento porque la semana pasada Txema Salvans, que está en medio de un ataque de autoedición definitiva consigo mismo, y por lo tanto deshaciéndose de varias cosas, compartía conmigo la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo es necesario guardar recortes, revistas, entrevistas, marcos, fotos de los inicios , etc.? Os recomiendo que vayáis a mirar en los contenedores de cerca de su casa, porque es posible que encontréis copias suyas vintage.

Así que para contestar a su pregunta, he tenido que meditar acerca de qué es lo que me pasa a mí con esas cosas. Y aquí va la respuesta.

Hace pocas semanas una tía mía me obsequió con una maleta de mis abuelos paternos en los que había miles de negativos desde los años 40 hasta los 80, en los que sale mi padre y mis tíos de recién nacidos. De adolescentes, de mayores. Salgo yo con un mes de vida. Salem mis abuelos de viaje con sombrero y abrigos largos. Hay copias en papel y cajitas con negativos de todos los tamaños. Resulta que mi abuelo, ingeniero, era muy aficionado a la fotografía. De ahí la Rollei que llegó a mis manos hace años. Pues bien, esa maleta de cartón con las esquinas remachadas en hierro, llena de pegatinas de distintos países, es hoy para mí un auténtico tesoro, que estoy deseando empezar a investigar.

Quizás no te hagan nunca una retrospectiva, pero si alguien se ocupa de que parte de tu trabajo no se desperdigue, puede que caiga en manos de alguien que lo aprecie y sepa qué hacer con ello. Así que creo que la respuesta a la pregunta de Txema es que todas esas cosas hay que podarlas y quitar aquello que es obviamente horrible, pero teniendo manga ancha y paciencia, porque no sabes a quién puedes hacer feliz dentro de 50 años.

Perdón, una preguntita…

enero 9, 2012

Pero antes hay que aclarar una cosa: ¿se puede saber quién es el público?.

¿Los que leen las revistas?, ¿los que navegan en internet?, los acelerados de las grandes capitales,  los cuerdos de las ciudades de provincias, o los sabios que viven en el campo? ¿Son los jueces de los concursos?. ¿Los editores?. ¿Son los demás fotógrafos de cada una de las tribus?. ¿O solamente somos nosotros mismos?

Que alguien me lo diga, porque yo no lo sé. Ya hace siglos lo debatía con una amiga que hoy es artista y profesora de secundaria. Yo decía que la creación artística se hacía para el público, y ella defendía que el artista trabaja para sí mismo.

El asunto es que me miro alrededor, por encima, por debajo y hasta por dentro y veo que la presencia de un público/juez, sea este el que cada uno estime conveniente, influye, y mucho, sobre lo que se hace. En un principio, decidimos quién va a ser nuestro juez y tratamos de complacerle. Pero lo malo es que ese juez es muy conservador. Una vez que le has convencido, una vez que te ha aceptado como eres, más te vale no sorprenderle, porque invariablemente te condenará a la caída en desgracia.

Sin ir más lejos, hoy no quiero hablar sólo de fotografía, pero aún así, no me atrevo a no mencionarla siquiera. Así que, que conste en acta, queda mencionada la fotografía como el motor que ha originado este post.

Y dicho esto, me gustaría preguntar al respetable algo que bien podría haber estado en el guión de “Amanece que no es poco”, obra cumbre del surrealismo rural español.

¿El público es imprescindible, o sólo es una circunstancia que se puede ignorar?

Los recortes de los Mayas.

enero 2, 2012

Este año que empieza, a menos que los Mayas tuvieran razón, tendrá 366 días. Además de prometer penurias, estrecheces, catástrofes y mal rollo, tendremos que aguantar un día más de lo normal. No querías crisis? pues toma bisiesto.

Bien, pues de todos esos días, tendremos que dedicar algunos a trabajar, nos guste o no. Como ya no va a haber tantos puentes, parece que seremos más productivos. Haremos más fotos, completaremos más proyectos, publicaremos más libros, haremos más exposiciones y no pararemos de realizar encargos, si Dios quiere.

¿Eso creéis? Pues no.

Nos vamos a pasar por lo menos un 25% del tiempo preparando documentos que acrediten nuestra capacidad, tratamientos que expliquen al más mínimo detalle qué es exactamente lo que queremos hacer. Haremos documentos con propuestas artísticas, presentaciones, guiones de presentaciones, guías de los guiones de las presentaciones. Completaremos presupuestos desglosados en los que quedarán reflejadas partidas que desconocemos por completo. A pesar de que la mitad de lo que hacemos radica en lo imprevisto e improvisado, no nos quedará más remedio que simular que realmente sabemos qué es lo que vamos a hacer en cada momento del futuro correspondiente. Como de trabajo no vamos a ir sobrados, tendremos que ir como los ñus al abrevadero de los premios y becas a ver si cae algo. Yo calculo que los que ganan los premios y las becas, que a menudo repiten, en realidad ganan porque son expertos en rellenar formularios y en resumir en 300 palabras qué es lo que pretenden hacer. Y no lo digo en broma. Sé de buena tinta que hay fotógrafos muy reputados que dan talleres sobre cómo ganar becas. ¿No os lo creéis? Yo tampoco, al principio.

Si ya tenéis vuestro libro publicado, entonces os tocará mandarlo a las 2 docenas de gurús internacionales que los añadirán en sus listas que luego se copiarán y pegarán por todo lo ancho de la blogalaxia. Y ahí estamos de nuevo: listas, recopilación de direcciones de correo, actividad bloguera persistente y finalmente cola en Correos. Planazo.

Y si la cosa va de exposiciones, habrá que escribir “artist statements”, visitar galeristas, montar un porfolio magnífico, concertar citas ultramarinas a través de amigos de amigos, dejar un recuerdito, que tengas el día simpático y rezar dos Te Deum.

¿Estáis en el mundo de las revistas? Pues casi lo mismo. Si estáis empezando hay que picar mucha piedra para destacar. Si sois ya talluditos os tocará demostrar que tenéis con qué competir con los jóvenes hipsters, adictos a la adrenalina, que cobran la mitad que vosotros. En cualquier caso, cuesta arriba y con frenos.

Para los fotógrafos de publi o moda, quizás toque volver a patear agencias y productoras. Quizás toque renovar el porfolio de una bendita vez. Otra vez a imprimir, a llamar por teléfono y a seducir al personal. Sólo una cosa: no vale ponerse la ropa de hace 10 años: ni nos queda bien, ni parecemos “más desenfadados”.

Para los héroes de las bodas, ahí si que las cosas han cambiado. Ahora tienen que dar servicios editoriales, prácticamente. De nuevo, las fotos son mera materia prima con la que hacer libros y DVDs.

Y para los que juegan en más de una liguilla, el orden de los factores tampoco les va a alterar el producto. Resultado: más y más curro.

La conclusión es que si echamos cuentas, eso de ser fotógrafo se parece a lo que creíamos que era ser fotógrafo como un huevo a una castaña. Sigue siendo mejor que un trabajo de verdad, pero cada vez se parece más a un trabajo de verdad.

Pero no pasa nada, con un poco de suerte, hacia el próximo Diciembre un meteorito, o un megatsunami, o una pandemia mortal, o todo a la vez, se encargarán de que no tengamos que volver a hacer nada de esto.

Seguro que ya lo habéis visto, pero por si acaso, os dejo este gráfico muy muy acertado que circuló por Facebook hace unas semanas.

Feliz Fin del Mundo!


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