Archive for 26 diciembre 2011

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diciembre 26, 2011

Una vez, en un evento de esos en los que te puedes cruzar con auténticas leyendas de la fotografía, escuché con el rabillo de la oreja lo siguiente: “¿pies de foto? bueno yo antes metía mis fotos de Cuba en una caja y con un rotulador negro escribía “Cuba” en la tapa de la caja. Ese era mi maldito pie de foto.”

Seguramente ya antes algunos escribían detallados pies de fotos, pero es que ahora, con los benditos metadatos, el trabajo de archivero bibiliotecónomo se ha convertido en una obsesión. Cuanto más fácil te lo ponen los programas, más información hay que adjuntar a cada imagen. País, ciudad, pueblo, ubicación específica, personaje, organización, descripción del evento, palabras clave, código de color, estrellas de clasificación… El tiempo dedicado a estos menesteres puede resultar paralizante.

Sobre todo porque hoy es muy común hacer 400 fotos en un día de trabajo. Ya imagino que habrá quien siga haciendo 36, o quien haga 2.500. Pero después de haber trabajado con varios fotógrafos en  proyectos de grupo, he visto que 250 fotos al día es una cifra modesta y frecuente.

Con esas cifras, cuando llega la hora de editar, la tarea se convierte en realmente complicada. Cada fotógrafo hace su edición, pero alguien tiene que hacer una edición general mirándolo todo, por si algo se ha quedado en el cajón, no?

Además ahora hacemos vídeos, que hay que verlos en tiempo real. 30, 40, 80 segundos… una buena sesión de trocitos de videos.

Se me está ocurriendo montar un hotel rural especializado en temporadas de edición. “Tiene 30.000 fotos que mirar y catalogar? Venga a nuestro hotel. Tenemos pantallas de 30 pulgadas, no tenemos teléfono y los pájaros cantan sus canciones favoritas. El mejor ambiente para editar con la mente clara.”

La pregunta del día: ¿nos estamos pasando con la cantidad de fotos que disparamos? ¿mejora en algo el resultado final, o solamente lo hace más difícil de editar?

El precio del acceso.

diciembre 19, 2011

Acabo de pasar unos días en un país del norte haciendo fotos a gente con problemas. Metido en sus problemas hasta el fondo. Viendo sus miserias, sus dificultades. Viendo su intimidad más personal y acercando mi objetivo hasta una distancia a la que yo no dejo que se acerque más que mi familia y mis amigos íntimos.

Y ha sido bastante duro.

Lo llamamos “acceso”. La capacidad que tenemos los fotógrafos de ganarnos la confianza de la gente. La capacidad de seducir a alguien hasta que nos enseña la pelusa de detrás de la oreja. Es una cualidad que despierta admiración entre quienes no son capaces de comunicarse bien con desconocidos y que normalmente marca la diferencia entre un buen trabajo y uno superficial o mediocre.

Todos los fotógrafos se han enfrentado al principio de sus trayectorias con la enorme barrera psicológica que supone superar el miedo a ponerse delante de un desconocido, echarse la cámara al ojo y disparar. Como a nosotros no nos dan ni carné ni diploma de fotógrafo, sabemos que lo somos cuando hemos superado la prueba de fuego del acceso. El día que nos autorizamos a nosotros mismos a fotografiar de cerca a desconocidos, el día que asumimos que es algo que podemos hacer así, por que nosotros lo valemos, ese día es cuando realmente nos hacemos fotógrafos.

Ese mismo día empezamos a acumular mal karma. Porque para meterse en la vida de la gente hay que repartir sonrisas de vendedor de enciclopedias a diestro y siniestro. Hay que ser especialista en caerle bien a la gente en cuestión de minutos. Para ganarse la confianza de la gente hay que perder la inocencia y la vergüenza. ¿Nos convierte eso es sinvergüenzas? A veces sí. Porque a veces de verdad empatizamos con nuestros sujetos, pero no siempre es así. A veces empatizamos, pero exageramos nuestra simpatía para conseguir más acceso, para meter más las narices donde no nos han llamado. Hace no mucho, uno de mis sujetos me dio a comer pepinillos en vinagre con miel. No sólo alabé la disparatada combinación gastronómica, sino que repetí.

Hasta ahí llega mi profesionalidad. Si me lo propongo, soy capaz de eso y de mucho más.

Pero últimamente estoy un poco quemado. Estoy empezando a sentir el peso de lo que supone años siendo profesionalmente encantador para conseguir mi objetivo.

Hacer según que fotos no es gratis. Te dejas trocitos de alma por ahí repartidos. Compras tu éxito con parte de ti, y cuando ya llevas unos añitos sufriendo el desgaste que supone imponer con mañas de trilero tu presencia en la vida de los demás, empiezas a pensar en cuánto te queda, o en cómo se recupera lo gastado.

¿Queréis ver a qué me refiero? Mirad esto, meditadlo, y calculad lo que debe Eugene Richards.

Percebeiros: hacer un temazo con un temita.

diciembre 12, 2011

Nuestro mundo, el mundo de la fotografía es como un hormiguero. Millones de individuos en perpetuo movimiento. Planeando muchos y ejecutando muchos menos proyectos.Tratando de innovar, tratando de hacer algo que no hayan hecho otros, o por lo menos de hacerlo distinto o incluso mejor. En estos años de zozobra y confusión estamos todos dando palos de ciego.

¿Todos? No todos. En medio de esta maraña de intentos y aproximaciones, alguien, de vez en cuando, da un toquecito con el bastón blanco, como si se tratara de una varita mágica. Quizás no sea el Santo Grial, pero es un pasito más. Y los demás, a tomar nota.

Ese es el caso de un magnífico pequeño documental producida por En Pie de Guerra, Once Upon a Time, El Viento Producciones, Contramedia y Audiómatas. ¿Cuantas productoras? Un puñado, sí, pero no os engañéis. Son menos y más pequeños de lo que podría parecer. Lo que tiene mucho mérito, porque han conseguido algo realmente difícil: que me interese y me conmueva por un tema que figura entre los más trillados de la historia documental española: los percebeiros.
Mientras muchos se lían con sesudos ensayos fotográficos acerca de la inmortalidad del cangrejo, el sexo de los ángeles y si Dios es Uno o Trino, los autores de Percebeiros han cogido un temita y lo han convertido en un temazo. Esta pieza, desde el punto de vista fotográfico es espectacular. Sergio Caro, el cámara principal, ha rodado pero bien, y en todos los sentidos. Cuando lo veáis, después de que se os quite la cara de sorpresa, comprenderís por qué. El guión de David Beriain y Fernando Ureña es delicado, la entrevista emotiva sin ser llorona y el montaje tiene un ritmo adecuadamente entecortado a intermitencias. La música también es original y bien medida. Hasta los grafismos y el diseño son buenos.

Y si no, comparadlo con esta caspa y con este otro, aparentemente parecido, pero frío y viejuno como son los documentales de David Attenborough.
Hoy, que parece que para hacer un multimedia o un documental, basta con llevarse la 5D a la cara, vemos cómo los resultados de una producción modesta se desmarcan de la media cuando quien ejecuta el plan echa toda la carne en el asador.
Percebeiros ha sido seleccionada para los Goya. Ignoro si entre mis lectores hay algún académico con derecho a voto. Pero si lo hay, le animo a que vote por Percebeiros. Así de claro lo digo.
Además sus autores tienen la generosidad de regalarnos un making of my interesante, y por si fuera poco, nos dan toda la información del material utilizado. Así, por la cara. A parte del mini helicóptero, nada que no esté al alcance de muchos. Incluso eso, está a tiro de teléfono.

Es verdad que Percebeiros en un documental y no un ensayo fotográfico. Es verdad que dada la cantidad de gente implicada, no sé si se puede llamar un trabajo de autor. Pero a pesar de eso, me llena de orgullo y satisfacción, en estas fechas casi señaladas, llamar la atención sobre este buen trabajo, enteramente producto nacional, y del que he aprendido entre cuatro y siete cosas.

La radiografía: oficio de grandes fotógrafos.

diciembre 5, 2011

Esta semana hemos superado las 100.000 visitas a este blog. Así que me he dedicado un rato a revisar antiguos posts. Uno de mis primeros artículos en este blog se llamaba “Los Inmortales”. En él hablé muy brevemente de Yusuf Karsh, el fotógrafo retratista que más me impresiona con diferencia respecto al siguiente.

Su historia y su trabajo podéis ir a mirarlos en su página web, en Youtube, en la Wikipedia y en los sitios habituales de referencia.

Yusuk Karsh fue un fotógrafo eminentemente de oficio, sin demasiadas ínfulas de artista. En los años 40 el juego consistía en sobrevivir. Grandes fotógrafos de aquella época, a los que ahora llamamos maestros eran exactamente lo contrario de lo que hoy más se admira de ellos. Veían la fotografía como un arte, sí, pero un arte al servicio de algo. De un cliente, de un movimiento o de unos ideales. Esta aproximación utilitaria de la fotografía hizo que los fotógrafos de entonces fueran ante todo, grandes conocedores de su oficio. Virtuosos de la fotografía, que en algunos casos, desarrollaron inquietudes artísticas personales.

Justo al revés de lo que vemos hoy tan a menudo, cuando tantos jóvenes y no tan jóvenes artistas se dedican en cuerpo y alma a la fotografía, pero desdeñando deliberadamente la parte del oficio, como si trabajar con un fin más allá de la mera expresión personal fura algo impuro o cutre. Aceptan ser camareros o guardas de parking sin problemas, pero se les caen los anillos enseguida en cuanto piensan en sacarle un rendimiento económico a su arte.

No es la primera vez que señalo estos asuntos. Porque es un pensamiento que tengo a menudo. Quizás sin darme cuenta he pasado de aprendiz a dinosaurio en esto de la fotografía. Reivindico tenazmente el valor del oficio, del saber hacer lo que se hace. Reivindico lo bueno que tiene trabajar para clientes. Levanto la mano para recordar que no sólo no hay nada malo en ello, sino que la historia demuestra que algunas de las mejores obras se han producido precisamente por encargo. La Gioconda, la Capilla Sixtina, Las Meninas, casi toda la obra de Robert Capa, El Padrino… todo piezas de encargo. Piezas que tuvieron que cumplir con compromisos, obras hechas dentro de unos límites muy marcados. Pero precisamente ahí es donde a menudo se ve al artista. Al que es capaz de crear incluso dentro de un terreno pequeño, al que es capaz de marcar gol, rodeado de defensas contrarios.

Hace poco tuve el privilegio de pasar un par de días con Juan de la Cruz Megías, ese genio murciano cuya obra principal, el indefinible “Vivan los novios”, es una colección de imágenes de boda que fluctúan entre el neorrealismo más choricero y el surrealismo alucinatorio. Unas fotos que no se hubieran podido hacer de no haber mediado encargos de por medio. Juan es un gran defensor del fotógrafo de oficio y se pone nervioso cuando se enfrenta a jóvenes pretendidamente artistas que no son capaces de articular un discurso coherente y que además rechazan la fotografia como medio de vida.

Juan de la Cruz Megías y Yusuf Karsh comparten mucho, aunque no lo parezca. Los dos buscan penetrar en la capa no superficial de los sujetos a quienes fotografían. Sujetos que posan voluntariamente para ellos, no siempre conscientes de que, más que fotografías, les están haciendo radiografías.


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