Una vez, en un evento de esos en los que te puedes cruzar con auténticas leyendas de la fotografía, escuché con el rabillo de la oreja lo siguiente: “¿pies de foto? bueno yo antes metía mis fotos de Cuba en una caja y con un rotulador negro escribía “Cuba” en la tapa de la caja. Ese era mi maldito pie de foto.”
Seguramente ya antes algunos escribían detallados pies de fotos, pero es que ahora, con los benditos metadatos, el trabajo de archivero bibiliotecónomo se ha convertido en una obsesión. Cuanto más fácil te lo ponen los programas, más información hay que adjuntar a cada imagen. País, ciudad, pueblo, ubicación específica, personaje, organización, descripción del evento, palabras clave, código de color, estrellas de clasificación… El tiempo dedicado a estos menesteres puede resultar paralizante.
Sobre todo porque hoy es muy común hacer 400 fotos en un día de trabajo. Ya imagino que habrá quien siga haciendo 36, o quien haga 2.500. Pero después de haber trabajado con varios fotógrafos en proyectos de grupo, he visto que 250 fotos al día es una cifra modesta y frecuente.
Con esas cifras, cuando llega la hora de editar, la tarea se convierte en realmente complicada. Cada fotógrafo hace su edición, pero alguien tiene que hacer una edición general mirándolo todo, por si algo se ha quedado en el cajón, no?
Además ahora hacemos vídeos, que hay que verlos en tiempo real. 30, 40, 80 segundos… una buena sesión de trocitos de videos.
Se me está ocurriendo montar un hotel rural especializado en temporadas de edición. “Tiene 30.000 fotos que mirar y catalogar? Venga a nuestro hotel. Tenemos pantallas de 30 pulgadas, no tenemos teléfono y los pájaros cantan sus canciones favoritas. El mejor ambiente para editar con la mente clara.”
La pregunta del día: ¿nos estamos pasando con la cantidad de fotos que disparamos? ¿mejora en algo el resultado final, o solamente lo hace más difícil de editar?

