Archive for 28 noviembre 2011

Quiero ser distinto, igual que todos lo demás.

noviembre 28, 2011

Tengo 770 amigos en Facebook. En Twitter, en este momento me siguen 511 personas. La media de visitas de este blog es de unas 1.500 personas por semana. En Linked In, ese lugar para gente seria, sólo 330. Abrí una cuenta de Google +, pero de momento parece un gran fiasco. Mi vida social online está sana, aunque tampoco es para tirar cohetes.

La última locura se llama Klout. Una herramienta que mide la influencia que tienes sobre la gente que te rodea. De momento voy por 40 sobre 100. Dicen que a partir de los 70 puntos es cuando se te empieza a considerar como un gran influyente, y tu vida social empieza a ser monetariamente evaluable. Es decir, te empiezan a llamar para ofrecerte cosas. Del asunto de la influencia online ya hay hasta carrera universitaria, que nadie se vaya a creer que hablamos de pequeñeces.

Yo, que había decidido escribir sólo en español, que ya no tengo ni blogroll para no tener que acabar poniendo links de cortesía o conveniencia, me planteo si no estoy infrautilizando mi potencial de influencia. Yo, que por curiosidad por conocer la verdad he renunciado a impulsar de modo artificial la cantidad de contactos que tengo y confío exclusivamente en el poder del interés del contenido de lo que escribo, no puedo evitar sentir presión por lograr metas que alguien en un despacho en San Francisco ha decidido que son importantes para mí.

Pero no necesito todo esto. Lo que de verdad necesito es silencio. Necesito que no me interrumpan. Concentración. Tiempo para pensar. Tiempo para madurar ideas. Necesito espacio propio para darle forma a todas las ideas que pasan por mi cabeza.

No estaría de más de establecer temporadas de abstinencia total de vida online para poder trabajar con algo de seriedad.

En fotografía necesitamos tiempo para planear proyectos. Tiempo para fotografiar, y sobre todo, muchísimo tiempo y concentración para editar y darle forma a las cosas. Vivimos una época de fotografía a granel, proyectos multitudinarios, aluviones de influencias, inputs, insights y feedbacks. Hoy se hacen libros de fotos con material resultante de unos días de trabajo. Hoy hay gente que publica un libro al año.

Toda esta interconexión, toda esta influencia y contrainfluencia, que es emocionalmente adictiva y por lo tanto tiene sus subidones y bajones, me pregunto si no está consiguiendo que se creen patrones de repetición.

El trabajo Exactitudes® de Ari Versluis y Ellie Uyttenbroek sobre los patrones de imagen en la ropa es un magnífico ejemplo gráfico de lo que nos está pasando en fotografía. Encontramos nuestra tribu, y nos vestimos igual que el resto de sus integrantes. Nos sentimos arropados, seguros, calentitos. Pero pagamos por ello. Pagamos con nuestra propia identidad. Nuestro principal tesoro a cambio de no sentirnos solos. Un precio ciertamente muy alto. Quizás demasiado.

A petición del lector, algunos nombres.

noviembre 21, 2011

Hace unas semanas una vieja lectora me reprochaba que este blog era ya demasiado para entendidos. Que le gustaba más al principio, cuando me dedicaba sobre todo a recomendar a fotógrafos en su mayoría desconocidos para el gran público.

El caso es que en los últimos tiempos han surgido mucho blogs en los que se hace ese mismo trabajo. Ya hay muchos comentaristas que rastrean la red en busca de talentos de los que aprender. El riesgo de señalar a un autor del que ya se ha hablado recientemente en otro blog es muy alto, porque en realidad todos bebemos de las mismas fuentes. Como además hay algunos terrenos que prácticamente no tocamos, el espectro de fotógrafos de los que hablar es muy pequeño.

Para mi lectora vieja – perdón, vieja lectora – ahí va una listita de fotógrafos con los que entretenerse:

Martin Kollar, que con su trabajo en el Parlamento Europeo nos enseña quiénes son los que pretenden sacarnos de la crisis.

Peter Bialobrzeski, que ha hecho un proyecto que yo pensé hacer durante una temporada, hasta que vi este y desistí.

Tim Scrivner, que creyendo hacer un sencillo y utilitario archivo  de fotos de agricultura, en realidad está haciendo un proyecto ultramoderno que en breve veremos en los museos.

Jeff Brows, que es un fotógrafo de parkings y descampados de los buenos. Porque no todos son buenos, digan lo que digan.

Linsey Addario: una de las mejores fotoperiodistas del mundo. Capturada en Libia y soltada a los pocos días. Ni comparación con el patrio Manu Brabo.

Rankin, o cómo ganar suficiente dinero para ser dueño de un edificio entero en Londres y tener 90 empleados.

Eugenio Recuenco, que está conquistando el mundo desde España a base de talento y trabajo. Un día hablaré sólo de él.

Thomas von Houtryve, cuyo trabajo sobre los regímenes comunistas actuales es ya histórico. Un dato: se hizo pasar por un fabricante de chocolate que quería abrir una fábrica en Corea del Norte. Durante los meses de negociaciones comerciales, él iba haciendo fotos. Nadie ha fotografiado Corea del Norte como él.

Tengo mucho lío y hoy no doy para más. Pero con esta lista, y tirando del hilo, cualquiera puede entretenerse hasta el domingo que viene. Para entonces habré tenido alguna idea, espero.

 

 

 

La fábula del velero que no necesita viento.

noviembre 14, 2011

La fábula:

Después de 30 años trabajando duro y de haber pegado algún pelotazo, decidió que ya era hora de cumplir su sueño de siempre: abrir su propia Galería. Organizar inauguraciones, cenar con grandes artistas, ser amigo de coleccionistas y viajar en primera clase a Kassel y la Bienal de Venecia.

Alquiló un enorme local en una de las mejores calles de su ciudad y programó las exposiciones para los dos primeros años. Durante este tiempo, sólo expondría a artistas consagrados cuya obra estuviera cotizada en no menos de 30.000€.

Al mismo tiempo creó una cantera de artistas locales que vendía mucho más baratos, pero que iría posicionando para cuando llegara el momento adecuado. Los artistas canteranos tendrían que hacer un esfuerzo para no sucumbir a los encargos comerciales, porque devaluarían su propia cotización. Formar parte del escogido grupo de artistas de La Galería no era para cualquiera.

Después de más de doce exposiciones con grandes figuras internacionales, ya asentada la calidad de La Galería, el público y los coleccionistas eran conscientes que en La Galería no se andaban con chiquitas. La Galería se convirtió en un referente de calidad. Por cada asistencia en una feria internacional, la cotización de los artistas canteranos subía un 15%. La inversión del galerista empezó a reportar beneficios económicos a partir del 4º año. Después de tantos años en el mundo de los negocios y codeándose con las élites culturales, hacer dinero con la intangibilidad del arte le resultaba relativamente sencillo. El Galerista ya sabía cómo reacciona la gente frente a lo exclusivo: acabarían endeudándose para comprar obras que, según los informes de los brokers de arte y las estadísticas de las casas de subastas no podían bajar de valor en ningún caso.

El negocio era igual que todos los demás: invertir en garantizarse el prestigio, comprar barato y vender caro.

En el caso de los artistas que usaban la fotografía como medio de expresión, había que entregar un certificado de autenticidad y un contrato en el que La Galería garantizaba que no se harán más copias que las anunciadas en el catálogo. Si al becario del taller de impresión se le ocurriera imprimir copias fuera de horas de trabajo y venderlas por su cuenta, podrían denunciarle.

El Galerista, junto a otros Galeristas, estaba subido a un velero que se movía gracias a que todos soplaban sobre la vela al unísono. El Galerista estaba mareado de tanto soplar, pero sabía que si paraba lo tirarían por la borda.

Los hechos:

Andreas Gursky vendió la semana pasada, la foto más cara de la historia, por 4.330.000$.

En Christies están subastando un lote de copias de época y firmadas por  Cartier Bresson, a partir de 5.000$.

El director de cine/artista Ben Lewis nos muestra en este pequeño documental-entrevista cómo es Andreas Gursky. Dura 23 minutos, pero si queréis saber qué pinta tiene esa barca, es mejor que no os lo perdáis.

El año que viene te casas.

noviembre 7, 2011

En los últimos años se han difundido mucho las revisiones de portfolios. En cada festival de fotografía, en cada taller, en cada evento relacionado con la fotografía, encuentras distintas modalidades de esta interesante actividad.

A veces consiste en “mesas calientes”, es decir, una serie de personas de reconocido prestigio del ámbito de la fotografía están sentadas en mesas en las que reciben por turnos cortos -de unos 20 minutos- a jóvenes fotógrafos que acuden a presentar sus trabajos y a recibir consejos.

Otra modalidad consiste en que un personaje de reconocido prestigio acude a una escuela o centro, y hace lo propio con los alumnos que allí se encuentran.

Este tipo de encuentros es un magnífico hallazgo: permite a los jóvenes escuchar (no siempre) buenos consejos o incluso establecer relaciones profesionales que pueden dar frutos concretos. Al mismo tiempo el fotógrafo, editor, comisario o galerista de reconocido prestigio tiene la posibilidad de descubrir a jóvenes promesas, o simplemente de estar en contacto con gente joven, nuevas tendencias y, en definitiva, mantenerse informado y al día.

A veces ni los personajes que revisan hacen honor a su prestigio, ni los los que son revisados necesitan más consejos ni indicaciones, pero por lo general la cosa es útil paras todos.

Yo he estado en los dos lugares. Recuerdo cuando un conocido fotógrafo, al ver mi trabajo, me dijo que no siguiera por el camino de la fotografía. Me ofendí mucho y me tomé como un reto personal el demostrar que aquel individuo estaba equivocado. Yo no soy muy difícil de provocar, la verdad. También recuerdo cómo presenté mi trabajo a alguien que me ayudó luego a obtener un premio e incluso, indirectamente a editar mi propio libro. Así que doy mi experiencia a ese lado de la mesa por buena, fructífera y positiva.

Últimamente estoy más en el otro lado y debo decir que es una actividad que me gusta. Me ayuda a pensar, me pone a prueba y me hace sentir que aporto algo a alguien. Procuro saber algo de las personas que me van a presentar su trabajo antes de que lleguen y procuro que mi estado de ánimo coyuntural no determine demasiado la naturaleza de mis comentarios. Hago lo que puedo por ser sincero pero positivo. Cuando alguien trae algo que me gusta, no escatimo elogios. Y si alguien trae poca cosa o percibo que trabaja poco, tampoco me corto. En este oficio ni los que se lo curran tienen garantizado el éxito, así que los que no dan palo al agua, de verdad que pierden el tiempo.

A veces esos jóvenes fotógrafos te ponen unas copias de 10 x 15 cm sobre una mesa, dan medio paso atrás, te miran de reojo, se cruzan de brazos, y a esperar a ver qué dices. A veces me han dado ganas de coger una foto cualquiera de la mesa y decir: “el año que viene te casas”. Como si estuviera leyendo el Tarot.

Otras veces sientes que te presentan proyectos muy íntimos y personales, y medio en broma medio en serio, tengo que recordar que no soy un psicoanalista y que jugar a las psicoterapias con un fotógrafo puede ser peligroso. Puede ser peligroso porque podemos meternos en camisas de once varas con problemas reales de la gente. Es cierto que es necesario conocer el contexto psicológico de un trabajo fotográfico, pero si hablamos de traumas infantiles o de cuadros depresivos, hay que andar con pies de plomo, no la vayamos a liar parda.

Para rematar el post, animo mucho a unos y a otros a que participen de estos encuentros en cuanto tengan ocasión. Desde que se han popularizado, la gran familia de la fotografía se ha ampliado y se ha hecho más fuerte.

Y en algunos casos doy fe de que ha habido hasta bodas.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.555 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: